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HISTORIA DE LAS COMUNICACIONES


PAPEL, PLUMA Y TINTERO

La frase «tomar papel, pluma y tintero» es un ¡nodo corriente de expresar la intención de escribir. En realidad, estos tres eleinentos se hallan tan íntimamente ligados a la escritura, que parecen haber nacido juntos. Sin erribargo, no es así, porque tanto la pluiria coino la tinta tienen milenios de vida, pero el papel, por lo menos para los europeos, es mucho más reciente.

Los prit neros inateriales sobre los que el hombre escribió en la antigüedad fueron tablillas de inadera, pedazos de arcilla, lascas de pledra o de inárinol, superficies de marfil, ploino y bronce, oro o plata, pieles de arilinales, hojas de palma, tiras de tela, etc. Para imprimir los caracteres usaba cinceles, buriles y pluinas. Un estilete de caña servía a los asiriobabliontos para grabar sobre tablillas de arcilla fresca. Un pincel de tallos de papiro era la plurna de los egipcios; este mismo papiro, convenienternente trabajado y
reducido a hojas comprimidas, ligeras y blandas, proporcionaba los rollos sobre los que los habitantes del valle del Nilo escribieron su historia durante varios milenlos.

Los griegos y los romanos usaban el estilete para incidir sobre tablillas enceradas, y el cálamo (tallo de junco puntiagudo) para escribir sobre pergamino y con tinta. Los materiales que componían la tinta eran negro de humo, carbón y sales de hierro y cobre convenientemente díluidos. La tinta roja se obtenía de determinadas sustancias colorantes y tenía un valor simbólico especial; en efecto, servía para subrayar fragmentos importantes, para las iniciales de los párrafos y para la firma imperial.

A partir del siglo III a. de J.C., los egipcios, cuyos papiros ya se usaban en otros países, descubrieron y pusieron en circulación el pergamino. No se trata de que los demás pueblos mediterráneos no conocieran la utilidad de la piel de los animales para escribir (precisamente la invención del pergamino se atribuye a Eumenes, en el siglo II a. de J.C.), pero los egipcios tuvieron el mérito de curtirla de un modo especial, haciéndola casi tan ligera y blanda como el papiro, pero infinitamente más resistente y mucho más
práctica y cómoda. La difusión del pergamino (favorecida también por su bajo precio) contribuyó a la creación de las nuevas bibliotecas, como la de Atenas (500 a. de J.C.), la de Alejandría (la más importante y que fue destruida por un incendio en tiempos de César) y la de Roma. Como consecuencia, aparecieron también los primeros editores y libreros. En Atenas ya existían editores, pero donde adquirieron un verdadero carácter de empresarios fue en Roma. En estas primitivas editoriales se emplearon esclavos cultos, capaces de escribir en griego y en latín, para transcribir al dictado (y así la edición se hacía simultáneamente en decenas de ejemplares) los textos griegos clásicos (Platón y Aristóteles) y de los autores contemporáneos (Cicerón, Horacio, Tácito, Tíbulo, etc.). Se pusieron en venta, junto a ejemplares baratos para el gran público, otras ediciones ricamente decoradas y miniadas. El aumento de producción y las exigencias de mejor conservación hicieron que inuy pronto se prefiriera el codex (o sea, el libro) al volumen (el rollo).

Sin embargo, la gran revolución producida por el pergamino no consiguió elin unar por completo el papiro; así, por ejemplo, en las cortes era preferido por la calidad de su materia y por su misma antigüedad. El papiro se convirtió de este modo en sinónimo de realeza, de potestad inspirada directamente por los dioses. Con el advenimiento del cristianismo pasó a la corte pontificia, donde se utilizó para escribir las más solemnes declaraciones y bulas hasta el siglo XI.

Muy diferente fue el desarrollo de los materiales de escribir en China. Ya desde muy antiguo, los chinos pintaban sus ideogramas sobre seda, usando para ello verdaderos pinceles; pero hacia el año 200 a. de J.C. (en la época en que en Occidente se desarrollaban las guerras púnicas) apareció en el país el primer papel. Un procedimiento de empaste transformaba la seda en papel finísimo y al mismo tiempo muy resistente. Sin embargo, ese papel era muy caro, por lo que su uso quedó reservado al emperador y a los grandes dignatarios de la corte. Pero la idea ya estaba lanzada y, hacia el año 100 a. de J.C., un artesano consiguió obtener un rollo de papel usando tejidos mucho más económicos que la seda, tales como trapos de algodón, trozos de lana, etc. El papel así obtenido no era tan blando y brillante como el fabricado con seda, pero sobre él podía escribirse con toda facilidad y los signos quedaban muy precisos y claros, que era en realidad lo que interesaba.

Se había llegado, pues, a un gran descubrimiento: el hombre ya tenía papel. Rápidamente, los rollos blancos de Ts'ai-lun (este era el nombre del inventor) conquistaron China entera. Literatos, políticos y pintores se declararon sus entusiastas más decididos y los países vecinos lo adoptaron también.

A Europa lo trajeron los árabes. Habían aprendido el arte de la fabricación del papel en Samarkanda, cuando conquistaron esta ciudad alrededor del año 700 d. de J.C., y cuatrocientos años después lo introdujeron en Europa, una vez hubieron conquistado España y S¡cilia. En la población española de Játiva (Valencia) surgieron los primeros conjuntos de artesanos para la fabricación del papel. Eso ocurría en los albores del siglo XII, cuando en Europa, más allá de las fronteras del mundo islámico, pocos conocían la existencia de este material.

En realidad, la difusión del papel en Europa fue lenta. Se desarrolló, con mayor o menor fortuna, entre los siglos XII y XV. Pero mientras tanto, la cultura se iba abriendo paso tenazmente y, superado el largo período, medieval, se encaminaba hacia el Humanismo y el Renacimiento. Los monasterios habían conservado en sus frías celdas las inapreciables obras de la antigüedad clásica. Durante imichos siglos, anónimos amanúenses cuidaron de transcribir (y a veces incluso de intercalar e interpretar) los clásicos grecorromanos,
sentando así las bases de nuestra cultura moderna y de la concepción humanística de la vida, que las guerras, las catástrofes y el progreso técnico no han conseguido ahogar. Los preciosos códices con miniaturas de los monasterios irlandeses, franceses e italianos fueron el punto de partida del llamado renacimiento carolingio, que, a su vez, hizo posible el florecimiento de las universidades más antiguas y más importantes de Europa. La filosofía aristotélica se incorporó entonces al pensamiento cristiano con la escolástica; Platón y Virgilio se reconciliaron con las virtudes cristianas. En las cortes de los príncipes encontraron amplia hospitalidad monjes cultos y poetas laicos. Los calígrafos volvieron a copiar, para deleite de la vista y de la mente, los más célebres tratados antiguos y modernos. Algunas cortes, como la de Alfonso X el Sabio de Castilla, la de los reyes normandos de Sicilia, de Federico II de Anjou, de los duques de Borgoña, etc., se convirtieron en verdaderos centros de escritores y pensadores. Las bibliotecas privadas se enriquecieron y los libros fueron cada vez más bellos y preciosos: no bastaba ya con adornar y miniar el texto, sino que eran encuadernados con cubiertas de bronce y plata y con cierres que eran verdaderas joyas; en su decoración colaboraban pintores e ilustradores de extraordinaria fama, y de esta manera los libros se fueron convirtiendo poco a poco en verdaderos tesoros de arte. Basta recordar para ello las obrás maestras salidas de las manos de Limbourg y de Jean Fouquet, en Francia; de Simon Marmion, en Flandes, así como de los anónimos españoles, ingleses y alemanes.

Naturalmente, ya no se escribía con la caña. Hacia el siglo vii se descubrió que la pluma de ganso tenía unas características de ligereza y precisión verdaderamente extraordinarias. Y por consiguiente fue aceptada con unanimidad. El plumaje del ala derecha (que es el que mejor se adapta a la forma curva de la mano) se utilizó en toda Europa hasta el siglo XIX. Todavía en la actualidad se pueden encontrar en algunas casas, conservadas como verdaderas piezas de museo, los tinteros con sus correspondientes plumas de ganso de diversos colores.

Fue precisamente a principios del citado siglo XIX cuando se pensó en unir a la pluma, mediante un soporte adecuado, una pequeña hoja metálica,
con la punta partida en dos para que fuera más elástica, a la que se dio el nombre de plumilla. El inglés John Perry construyó la plumilla en la forma que se conoce hoy día, haciéndola mucho más escurridiza y flexible al practicar un pequeño orificio encima de la citada fisura.

Apareció más tarde la pluma estilográfica, objeto al principio costoso y de lujo. Hasta hace poco se regalaba a los jóvenes que cumplían los quince años, como símbolo de madurez. Algunas personas se vanaglorian de haber poseído en toda su vida una sola pluma perfecta. Naturalmente, las más preciadas eran las de oro, si bien en todas ellas la plumilla debía ser siempre
de gran calidad. La pluma estilográfica es realmente casi contemporánea de la plumilla; las primeras se remontan a 1809 y fueron realizadas por el inglés Folsch, aunque fue L. E. Watermann quien le dio su definitiva estructura en 1844 y con la perfección técnica que, en lo fundamental, ha conservado sin alteraciones hasta nuestros días.

Después de la segunda Guerra Mundial apareció el bolígrafo, objeto muy popular, funcional y cuyo precio es asequible a todo el mundo, si bien, como es lógico, existen ejemplares de gran lujo. En realidad es un intermedio entre el lápiz y la pluma estilográfica, y algunos de ellos, los más económicos, no se cargan de nuevo cuando se les acaba la tinta, sino que se tiran cuando están ya vacíos.

La pluma constituye otro sírnbolo característico de los valores sentimentales y románticos que la humanidad se quita de encima al compás del progreso vertiginoso de la civilización mecánica.