LA
RADIOTELEGRAFÍA
La radio es un medio de comunicación
que permite transmitir el sonido a todo
el mundo, llegando al mismo tiempo a los
diversos puntos y sin necesidad de hilos
ni conexiones directas, como sucede con
el teléfono y el telégrafo.
Su invención es obra de Guillermo
Marconi, quien realizó su prímer
experimento en Pontecchio (cerca de Bolonia),
en 1896, cuando contaba 22 años.
Con anterioridad, otros habían conseguido,
poco a poco y separadamente, los medíos
que él supo reunir y fundir en una
genial visión de conjunto: un aparato
capaz de transmitir y de recibir señales
eléctricas. Dos
antenas situadas a un kilómetro de
distancia una de otra y unas pocas señales
Morse constituyeron la primera transmisión
de radio en el inundo. Al año siguiente
realizó dos experimentos coronados
por el éxito, logrando poner en comunicación
un remolcador con el puerto de San Bartolomé
(5.500 m de distancia) y el acorazado San
Martín (que navegaba a una distancia
de 16 km de la costa) con el puerto de La
Spezia.
En 1898, Marconi logró unir con señales
de radio las costas inglesa y francesa del
Canal de la Mancha. Y ya en 1899 los Estados
Unidos de Norteamérica aplicaban
por primera vez el invento a dos de sus
navíos de guerra: los cruceros New
York y Massachusetts.
El
empeño de que la radiotelegrafía
fuese un medio esencialmente marinero impulsó
a su inventor a intensificar los experimentos
navales. En 1903 embarcó en el paquebote
Lucania, de la Cunard Line, a bordo
del cual y mediante las transmisiones de
dos estaciones terrestres, situadas respectivamente
en Poldhu (Inglaterra) y en Glace Bay (Canadá),
logró publicar diariamente un boletín
de noticias para los viajeros.
No obstante, hasta 1919, este extraordinario
descubrimiento fue mirado con bastante escepticismo,
e incluso ciertos reparos de carácter
político no permitieron que fuese
aceptado oficialmente por las naciones.
En efecto, era evidente que el nuevo medio,
del que nadie ignoraba la importancia, no
tenía límites en las posibilidades
de recepción, lo cual constituía
un grave contratiempo, puesto que ello hacía
imposible la transmisión de noticias
secretas o reservadas. Y sin embargo, los
continuos perfeccionamientos técnicos
del medio, la aplicación de las válvulas
terrnoiónicas, etc., hicieron que
el invento alcanzara un alto grado de eficacia.
Al acabar la primera Guerra Mundial surgieron
gran número de entusiastas de la
radio; muchos la habían utilizado
durante el conflicto y después continuaron
su estudio. En 1919 se constituyó
en Londres la Marconi House, y
asimismo por la estación de radio
de Chelmford, el 15 de junio de 1920, se
difundió el primer espectáculo
radiofónico: un concierto vocal e
instrumental en el que cantó Nellie
Melba. El éxito fue extraordinario
y todos los periódicos comentaron
ampliamente el hecho, como si hubiera podido
ser captado en todos los rincones del orbe.
Y en realidad, estas primeras emisiones
fueron transmitidas por estaciones de potencia
muy limitada, de un cuarto o medio kilovatio,
y su radio de acción muy reducido.
Pocas veces se vio un progreso tan rápido
y completo como el de la radio. Tanto los
gobiernos como la gente en particular comprendieron
muy pronto que se trataba de un excepcional
medio de comunicación cultural, política
y publicitaria. El primer país en
intuirlo y en utilizar la radio en gran
escala fue Estados Unidos. La casi completa
libertad de instalación y de transmisión
radiofónica permitió que las
estaciones surgieran por todas partes, en
gran parte subvencionadas por los ingresos
publicitarios. Ya en 1926-27 no había
ciudad que no tuviese un centro transmisor,
y hacia 1930 se construían las grandes
redes nacionales, que difundían programas
en diversas longitudes de onda por todo
el continente.
En Europa la radio tuvo distinto desarrollo.
Algunas naciones decidieron monopolizar
las transmisiones radiofónicas, transformándolas
en servicio público. El ciudadano-oyente
se convirtió en «usuario»,
sujeto al pago de un impuesto para poder
servirse de su aparato receptor.
Otros países adoptaron rápidamente
el sistema americano, pero siempre introdujeron
alguna reserva o limitación en lo
concerniente a la esfera política.
En general, el boletín de información,
es decir, el diario radiofónico,
estaba sujeto a un control más o
menos severo por parte de los correspondientes
órganos gubernamentales; por lo general
se abolió cualquier intento de sátira
o de crítica política.
Un aspecto particular es el de la publicidad
tadiofónica, que también en
Europa, como en los Estados Unidos, tendió
a ser muy abundante e insistente, cubriendo
con anuncios, sketches, canciones
y comentarios gran parte del tiempo destinado
a las transmisiones. Y en este aspecto,
entre los rígidos abolicionistas
(como Inglaterra) y los liberalistas (como
Francia), surgieron muchos tipos de regulación
de la publicidad. Los primeros sostenian
que si el ciudadano usuario pagaba un impuesto,
debía suprimirse la emisión
publicitaria; los otros cultivaban la publicidad
para hacer frente a sus gastos y, ante la
extensión, siempre creciente, de
la misma, afirmaban que no se imponía
ninguna contribución al oyente privado.
Sin embargo, fueron muchos los países
en los que las dos condiciones - el pago
de un impuesto obligatorio y las transmisiones
publicitarias - existieron al mismo tiempo
y a pesar de las críticas y polémicas.
Pero se buscó una justificación
en el hecho de que el impuesto era más
pequeño que en otros países,
subrayando además la importancia
de una mejora cuantitativa y cualitativa
de las transmisiones, una mayor potencia
de las instalaciones, un aumento de] tiempo
destinado a los programas, etc. Por otra
parte, siempre se proclamó la necesidad
de una reglamentación radiofónica
más concretamente orientada en un
sentido o en otro.
En
España la primera emisora de radio
se creó en 1925 (EAJ 1, Radio Barcelona),
al amparo de una Real Orden de 1924 que
autorizaba la instalación de emisoras
privadas. La República mantuvo la
legislación anterior con ligeras
variaciones. Pero el gran desarrollo de
la radiodifusión española
se inicia a partir de 1940, coincidiendo
con la intensiva electrificación
del país y la definitiva comercialización
de los aparatos receptores. En 1952 se reglamenta
con nuevos criterios la radiodifusión
y se clasifican las emisoras en nacionales,
comarcales y locales, reservándose
el Estado el control de las emisoras de
más de 20 kilovatios. Las emisoras
privadas se sostienen merced a los ingresos
por publicidad, mientras que las oficiales
combinan ésta con subvenciones.
En Francia, la situación también
cambió después de la segunda
Guerra Mundial. A las diversas estaciones
y redes particulares, de innegable carácter
comercial, siguió una entidad única,
fuertemente centralizada, la R.F. (Radiodiffusion
Francaise).
La situación no varió en Inglaterra,
en Suiza (con las tres características
redes, cada una emitiendo en las lenguas
habladas en el país: alemana, francesa
e italiana) y en Portugal; en cambio sufrió
profundas modificaciones en Alemania, dividida
desde 1945 en dos entidades distintas, cada
una dependiente de un centro propio perteneciente
a los dos Gobiernos creados en el territorio
de la ex Alemania nazi.
Desde
un principio, la radiodifusión planteó
el problema de regular las transmisiones,
a fin de no crear confusión en el
momento de recibirlas, como consecuencia
del creciente desarrollo de estaciones cada
vez más potentes. Para ello se han
ido celebrando numerosas conferencias internacionales
para encontrar un ordenado modus vivendi
entre las diversas entidades y evitar que
las distintas emisiones se superpusieran
o se molestasen recíprocamente.
Las primeras reuniones internacionales de
importancia se celebraron en Washington,
Copenhague, Madrid y Lucerna, entre los
años 1925 y 1935, y en el curso de
las mismas se establecieron y asignaron
un cierto número de longitudes de
onda para cada entidad. Sin embargo, la
situación se
modificó de manera sustancial en
el curso de la segunda contienda mundial,
por lo que fueron necesarias nuevas conferencias
internacionales y una nueva distribución
de las longitudes de onda. El campo es extraordinariamente
amplio y numerosos los motivos (de orden
técnico, artístico y cultural)
y problemas que requieren un examen común.
Por ello se constituyó una Unión
Internacional de Radiodifusión, cuya
misión consiste en mantener contacto
con todas las redes y sociedades radiofónicas
del mundo, eliminar las eventuales interferencias
y promover intercambios y reuniones para
mejorar, tanto en los aspectos cualitativos
como en los técnicos, el nivel de
las transmisiones radiofónicas.
Una reciente contribución al auge
de la radiodifusión ha sido la creación
de receptores portátiles. Ahora bien,
aunque en los aspectos social y comercial
el futuro de las cadenas radiodifusoras
parece asegurado, el aspecto técnico
no se presenta tan optimista. Cada día
se crean más emisoras de onda larga,
media y corta en las bandas de frecuencia
concedidas, lo cual limita, progresivamente
y a causa de las interferencias, las áreas
de audición clara. Con el desarrollo
de la frecuencia modulada, dadas las excepcionales
características de inmunidad a las
alteraciones y la alta calidad acústica
conseguida, así como su alcance limitado,
se puede esperar que este método,
perfeccionado
con la estereofonía, llegue a ser
el medio de radiodifusión del futuro.
En la mayoría de los países
las emisiones efectuadas por las redes nacionales
han sido agrupadas en tres programas distintos:
uno de carácter cultural, otro informativo
y un tercero recreativo.
Entre las diversas iniciativas tomadas por
la Unión Internacional de Radiodifusión
figura la celebración de la Semana
Radiofónica Internacional, que prevé
una serie de intercambios en los programas
de las distintas radios nacionales. Lo cual
no sólo sirve de estímulo
a las diversas entidades, sino que es un
buen medio, aunque limitado, para aumentar
el conocimiento entre los pueblos.