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HISTORIA DE LAS COMUNICACIONES


LA IMPRENTA

Mientras los árabes, al conquistar Samarkanda, se apoderaban del secreto de la fabricación del papel y lo llevaban a Occidente, otro profundo descu¬brimiento se realizaba en el interior del misterioso e inmenso mundo chino. Así, en este país, el primer libro parcialmente impreso, el Kai Yuan Tsa Bao, data del siglo VIII d. de J.C., y sus tipos de imprenta demuestran un notable dominio de la prensa. De algunos decenios después es el Sutra de Diamante, totalmente impreso.

Estos son libros que han llegado hasta nuestros días, aunque nada en verdad impide suponer, sino todo lo contrario, que el uso de la imprenta fuera anterior al siglo VIII, pero que estuviera limitado a determinados ambientes literarios.

De todos modos, hacia el año 1000, los chinos usaban ya los tipos de imprenta movibles; primero en arcilla, después en madera y por fin en cobre y bronce. Pero como en Occidente no se supo nada de las conquistas conse¬guidas por la técnica china, se puede hablar también de la «invención» de la imprenta por parte de los europeos, aunque Johann Gutenberg no fuera en realidad el inventor, sino más bien el perfeccionador.

Desde hacía siglos se había introducido la costumbre de grabar tablillas de madera, con las cuales se imprimían dibujos en las telas, cartas de juego y estampas religiosas. Hacia el siglo XV se empezaron a usar en la imprenta los primeros tipos movibles de metal, para evitar el grave inconveniente que ofrecía la fragilidad de la madera. El primero que usó racionalmente y con método los tipo movibles metálicos en una obra de considerable volumen fue Johann Gutenberg, al cual pertenece la primera página de un libro, fechada en 1454, con una epístola de indulgencia del papa Nicolás V a favor de
los que firmaron el préstamo para la guerra contra los turcos. Pero la obra que le hizo célebre fue la famosa Biblia Mazarina, no fechada, pero compuesta ciertamente entre 1452 y 1456; consta de dos volúmenes, con páginas de tamaño folio a dos columnas, de 42 líneas cada una, en papel 324 y 319, con tinta roja y negra y grandes caracteres góticos. Las primeras obras de Gutenberg fueron impresas en un pequeño taller de Estrasburgo, pero poco después volvió a Maguncia, su ciudad natal, donde se unió en sociedad con otros dos habilísimos artesanos: Johann Fust y su yerno Peter Schöffer. Éstos publicaron en 1457 el Psalterium, el primer libro que lleva fecha y firma de los tipógrafos. Le siguieron, desde el 1462, otras obras: una Biblia de 36 líneas; el Rationale Divinorum Officiorum; el Catholicon; las Constituciones del papa Clemente V; las Bulae de Pío II; la Biblia latina; el De Officiis de Cicerón; Novelas de Boccaccio, etc.

La toma y el saqueo de Maguncia, en 1462, produjo un éxodo general en la ciudad. Entre los exiliados estaban los primeros tipógrafos y sus ayudantes. A ellos y a su obra se debe el crecimiento en Europa del arte tipográfico. Algunos, como Konrad Sweinheini y Arnold Pannartz, fueron a Roma, donde empezaron a publicar sus primeros libros en 1465 ; otros llegaron a Francia, donde en 1470 surgieron las primeras tipografías, y otros a Holanda, donde se imprimió a partir de 1472.

Además de éstas, las primeras imprentas de Europa se establecieron en España (1471), Bélgica y Suiza (1472), Hungría (1473), Inglaterra y Polonia (1474), Bohemia (1475), Dinamarca y Portugal (1482), Suecia (1483),
Turquía (1493), Prusia (1506), Escocia (1507) e Islandia (1530); finalmente, se crearon tipografías en los dominios españoles de América en 1544.

El arte tipográfico empezó a practicarse en España en 1471, fecha en que apareció el primer libro impreso, Catena aurea, de Santo Tomás, en Barcelona. El impresor Enrique Bótel ejerció desde 1473 la tipografía en Zaragoza, donde estuvo asociado con Pablo Hurus; y, también en Barcelona, asociado asimismo con Johannes Plantick (Blanch). Aparte de él, tuvieron talleres tipográficos los alemanes Jacobo y Felipe Vitzlant, así como Lamberto Palmart, en Valencia, y en Zaragoza, Mateo Flandro. Desde 1472 existió una tipografía castellana, entre cuyos promotores figura Juan Parix de Heidelberg, autor del célebre Sinodal de Segovia, uno de los más antiguos incunables castellanos.

Los primeros incunables de Valencia, Barcelona, Zaragoza y Segovia están impresos en tipos romanos. Pero después fueron ganando terreno los
tipos góticos, que predominaron en el resto del siglo xv y en la primera mitad del XVI. Hubo también impresos en tipos hebreos, sobre todo en las imprentas de Híjar y Guadalajara, y algún que otro ejemplar de tipos alfabéticos griegos (1475), poco frecuentes hasta la aparición de la Biblia Políglota complutense, de 1514.

La notación musical presentó, desde los comienzos de la tipografía, dificultades que poco a poco fue superando. El Psalterium maguntino de 1457 presentaba tres líneas impresas, y a continuación, a mano, la cuarta y las notas. La primera nota fusa fue usada en 1473; tres años más tarde, Ulrich Mahn, emigrado alemán, imprimió en Roma fragmentos musicales totalmente impresos en su Missale Romanorum. El primer incunable español con notación musical (cuatro líneas) es el Missale caesaraugustanum, de J. y P. Hurus, impreso en Zaragoza en 1485.

Italia llegó a ser la gran patria del libro. Los libros italianos, cuidadísimos en su ejecución, con tipos itálicos (aldino o cursivo) o romanos, más solemnes, con bellísimos grabados diseñados por grandes pintores y con láminas al margen del texto, fueron modelos para la tipografía del resto de Europa. Con el griego y el latín, el italiano se difundió entonces como lengua clásica. El primer libro impreso completamente en griego fue la Gramática griega de Lascaris, obra de Dionisio Parravicino, impreso en Milán en 1476. La tipografía en caracteres hebraicos apareció en 1475, en Reggio Calabria, con el Commentarium in Pentateuchum, del impresor israelita Abraham ben Garton. En 1478 hubo una imprenta hebrea en Montalbán, España, regida por Juan de Lucena.

Un aspecto muy importante de los prirneros libros impresos es su ilustración y ornato, con iniciales, orlas y composiciones grabadas. Muchos incunables dejaban en blanco el hueco de la inicial, para su posterior ilumi¬nación a mano. Otros impresores disponían de alfabetos completos de letras de adorno. Alemania, Italia y Francia ocuparon los primeros lugares en cuanto a la ornamentación de los incunables; en España, el libro iluminado más antiguo es el Fasciculus temporum, de RolewInk, que se imprimió en Sevilla en el año 1480.

En 1511 se estableció en Alcalá de Henares el impresor Arnaldo Guillem de Brocar, que desde 1489 trabaja en Pamplona y en Logroño. La obra que más celebridad dio a Brocar fue la edición de los seis volúmenes de la Biblia Políglota, la primera obra de ese género en Europa, patrocinada por el fundador de la Universidad Complutense, el cardenal Cisneros.

La tipografía del siglo XVI continúa la esplendorosa tradición del período de los incunables, cuya separación es por completo artificiosa y convencional. En la primera mitad del siglo todavía había extranjeros que imprimían en España , pero los españoles estaban ya completamente indentificados con ellos en un estilo, que, creado fuera, dio en el país excelentes resultados: las
orlas que enmarcaban los frontispicios de los impresos españoles son obras maestras del arte tipográfico.

Un hecho histórico que caracteriza al siglo XVI, la Reforma luterana, transformó la tipografía en Alemania. La enorme e imprevista demanda del Nuevo Testamento y del Catecismo de Lutero convirtieron de repente al recién nacido arte tipográfico en gran industria. Para satisfacer las abundantes peticiones hubo que sacrificar la calidad y perfección artística de la ejecución: de las dos obras del reformador se hicieron ediciones de millares de ejemplares. Hubo imprentas, como la de Anton Koberger, de Nuremberg, que disponían de 25 prensas y tenían a su servicio centenares de obreros y docenas de empleados. Este auge de la tipografía se generalizó luego en Europa: con el ejemplo alemán, otros países europeos se adaptaron a la nueva racionalización del trabajo, originándose así una perceptible decadencia de la calidad artística del libro. En España, hacia la mitad del siglo, los tipo bellos y perfectos de ejecución de los incunables o bien estaban ya excesivamente gastados y viejos, o bien fueron sustituidos por otros realizados sin ninguna elegancia. Tal estancamiento se acentuó en el siglo XVII y en parte del XVIII.

En el siglo XVII disminuyó el número de libros impresos: en las Ferias de LeipzIg y Francfort, en 1613, los editores presentaron todavía 1.358 obras, número que se redujo a 280 en las ferias del año 1635. Hubo alguna excepción, como la célebre imprenta de los Elzevir, en Leiden (Países Bajos), cuyos componentes fueron tipógrafos durante siglo y medio y que fueron creadores del famoso «tipo elzeviriano». Este tipo tuvo un gran éxito en su época y trascendencia hasta la actual, en que sigue siendo muy apreciado. En España, por aquel entonces, severas disposiciones legales restringieron la libertad de imprenta, exigiendo previa licencia para practicarla.

El siglo XVIII se caracterizó por un nuevo interés por los libros, que desarrolló una nueva y brillante tipografía. Son famosos los italianos Albrizzi y Bodoni; los franceses Grandjean y Didot (dinastía editorial que llega hasta nuestros días); los ingleses lord Clarendon de Oxford, fundador de la Clarendon Press, que también perdura hasta hoy, y John Baskerville, de Birmingham, célebre fundidor de caracteres; los alemanes Bernhard Cristopli Breitkopf y Johann Gottlob Imirianuel, cuyos continuadores en la actualidad son Breitkopf und Hartel, etc. También se desarrollaron en España, en este siglo, el arte tipográfico y el negocio de imprenta y librería, en buena parte por protección real, sobre todo en la época de Carlos III. Tipógrafos, grabadores y libreros tuvieron gran importancia; los nombres de Ibarra, Sancha y Cano en Madrid, junto con la Imprenta Real; Benito Montfort en Valencia, y Piferrer en Barcelona, son sobradamente conocidos.

El siglo XIX fue, como en otros muchos sectores de la actividad humana, de renovación de la tipografía. En realidad, desde Gutenberg hasta dicho siglo los progresos técnicos habían sido escasos. Pero esta centuria fue revolucionaria en el sentido de que en su transcurso un arte reservado a una minoría de entendidos se convirtió en una industria en plena expansión. El centenar de editores londinenses se multiplicó por siete, y Leipzig pasó de tener cuarenta a un millar en el período 1800 1900. Desde 1870 los Estados Unidos editaban anualmente casi 100.000 ejemplares de libros. Puede, pues, trazarse una curva en constante ascenso.

Para explicar estas cifras no son causa suficiente los progresos técnicos de la imprenta. Otros factores concomitantes favorecieron también el desarrollo editorial. En 1803 la separación a mano fue reemplazada por la mecánica
de Hereford; poco antes, Baskerville había producido el papel en rollo. En 1840 se empezó a fabricar el papel con la pasta de madera, logrando gran ahorro en el costo, que todavía disminuyó al sustituir, hacia 1850, el procedimiento de KeIler por el químico de Burgess.

En la última veintena del siglo aparecieron en Estados Unidos, con éxito inmediato y clamoroso, dos máquinas revolucionarias: la «linotípia» y la «nionotipia», que redujeron enormemente el tiempo de la elaboración del libro. Ya a fines del siglo XVIII un tipógrafo de Filadelfia había patentado una prensa metálica que reemplazó a la de madera usada hasta entonces. Y pocos años después, los ingleses Stanhope y Nicholson presentaron una prensa mecánica, perfeccionada y mejorada luego por los alemanes Kónig y Bauer.

La invención de la litografía y del offset, y la aparición del fotograbado, debido a Karl Mietsch en 1875, tuvieron una repercusión mundial inmensa y representaron evidentes mejoras en la confección del libro.

La historia de la imprenta no acaba. Como en todos los dominios de la técnica, cada día aparecen nuevas máquinas más veloces, más eficaces, más perfectas. Nuestros libros de hoy quizá sean en el futuro curiosos ejemplares arqueológicos.