EL
TELEGRAFO
Los
incomparables servicios prestados por el
correo, esenciales para la transmisión
de las informaciones más complejas,
se vieron limitados por su relativa lentitud.
Por muy rápido que sea el conjunto
de operaciones, una carta entre Madrid y
Barcelona tarda siempre unas 17 horas, tiempo
que si el medio de transporte es aéreo
puede disminuir a 5 horas, siendo ya casi
imposible abreviar más este espacio.
Pero en la actualidad son innumerables las
ocasiones en que la esencia misma de la
noticia requiere una «velocidad relámpago»,
una rapidez análoga a la del medio
más veloz conocido por nosotros:
la electricidad, la luz. Pues bien, este
medio de comunicación es el telégrafo.
Como
siempre, es necesario remontarse hasta épocas
remotas para hallar los antecedentes. Apenas
surgieron y se desarrollaron las comunidades
humanas, sintieron urgentemente la necesidad
de comunicarse. Grandes hogueras en las
cimas de los montes y el sonido de los tambores
y los cuernos fue¬ron los recursos utilizados
para llamar la atención o para comunicar
una noticia importante. La antigüedad
clásica nos ofrece infinitos ejemplos
de señales ópticas y acústicas
usadas para transmitir una información;
por ejemplo, las velas negras de las naves
de Perseo hicieron creer a Egeo que su hijo
había muerto. Pero dejando la leyenda
y volviendo a la época histórica,
merece recordarse, por lo ingenioso, el
sistema telegráfico de los cartagineses.
Estos situaban, sobre torres de igual altura,
soldados provistos de un farol y un vaso
lleno de agua, en cuyo fondo había
un grifo. Sobre la superficie del agua contenida
en el vaso ponían unas tablillas
flotantes, sobre las que estaban dispuestos
bastoncillos de diferentes tamaños,
cada uno de los cuales significaba una cosa
(peligro, paz, guerra, victoria, derrota,
etc.). Por medio de señales con los
faroles los guardianes abrían y cerraban
los grifos a la vez. Y al bajar el nivel
del agua, bajaban también las tablillas
flotantes. La noticia comunicada era la
que correspondía al bastoncillo cuya
punta quedaba al nivel del borde del vaso.
El que transmitía comunicaba si era
aquella la noticia o no con una señal
del farol (moviéndolo de arriba a
abajo o de izquierda a derecha). Si el bastoncillo
no correspondía a la noticia, comenzaba
desde el principio la operación,
hasta que se lograba colocar el bastoncillo
necesario a la altura del borde del vaso.
Los griegos revolucionaron los. sistemas
de transmisión a distancia introduciendo
el uso de banderas de diversos colores,
método que, profundamente modificado
con el tiempo, continúa en uso en
la actualidad. Los romanos también
tenían su propia forma de comunicación
rápida: se valían de antorchas
colocadas en distintas posiciones sobre
torres situadas, a distancia apropiada,
a lo largo de las grandes calzadas del imperio.
Estos sistemas no cambiaron mucho con el
paso,de los siglos. Los galos tenían
un método de transmisión de
la voz muy eficaz, si es cierto lo que cuenta
César de que una noticia podía
llegar, en un solo día, a cien o
más kilómetros de distancia.
Sistemas análogos a los occidentales
(banderas, antorchas, hogueras) usaron asimismo
los chinos.
Siglos después, la presencia de la
Armada Invencible española, divisada
a lo largo de Plymouth, fue señalada
por medio de fuegos a Londres, donde la
noticia llegó en media hora.
Pero es necesario avanzar hasta fines del
siglo XVIII para encontrar, en un aparato
ideado por el físico francés
Claude Chappe, un mecanismo capaz de transmitir
no una simple información fija (peligro,
alarma, victoria), sino verdaderos y propios
mensajes articulados, o sea compuestos de
palabras, aunque naturalmente según
un código convencional.
El
aparato fue experimentado en 1791. Consistía
en un asta articulada con tres segmentos
móviles, que se colocaba en el techo
de un edificio y de manera que fuera claramente
visible desde la más cercana estación.
El asta se colocaba, sucesivamente, en distintas
posiciones moviendo los tres segmentos.
Cada posición correspondía
a una determinada letra del alfabeto.
El invento mereció la consideración
de la Convención y después
del Directorio, a la sazón en guerra
contra la coalición de estados monárquicos,
y se adoptó inmediatamente entre
París y Lille para transmitir y recibir
informaciones del frente.
El primer mensaje llegado a París,
en 1794, fue: «Condé de nuevo
en nuestro poder: la guarnición enemiga
se ha rendido esta mañana».
Napoleón tuvo una gran confianza
en el sistema Chappe y multiplicó
las líneas telegráficas; lo
mismo hicieron los gobernantes franceses
que le siguieron. Y así, antes de
mediados de siglo, el «informador»
Chappe se extendía por 6.000 km2
de territorio, contaba con más de
500 estaciones y unía, en una gran
red, treinta ciudades con la capital.
Este
telégrafo (ya que se puede hablar
de auténtica escritura a distancia)
interesó también a diversas
naciones extranjeras, muchas de las cuales
no tardaron en adoptarlo rápidamente.
Fuera del ámbito europeo encontró
asimismo aplicación en Egipto.
Pero es fácil imaginar cuáles
podían ser los límites de
un telégrafo de este tipo, expuesto
a equivocaciones al transmitir las letras,
y también a los entorpecimientos
de las condiciones atmosféricas.
Bastaba un poco de niebla, un día
de lluvia o de viento para impedir la transmisión
o la recepción de las diversas señales.
Pero la experiencia y habilidad de los operadores
franceses fue verdaderamente excepcional:
basta considerar que una noticia, para pasar
de Marsella a París, es decir, para
recorrer una distancia superior a mil kilómetros,
no empleaba más de media hora.
Pero
todos los sistemas de transmisión
rápida de las noticias estaban absolutamente
limitados a las altas esferas de los dirigentes
de la nación y en todas las épocas
el código adoptado se consideró
como un secreto de Estado. Así ocurrió
también para el sistema Chappe. El
público estaba completamente excluido
de él, de modo que la noticia privada,
por urgente que fuera, no tenía otro
camino para llegar a su destino que a través
del sistema tradicional de correo.
Antes de empezar a tratar del telégrafo
eléctrico, merecen una especial mención
los diversos sistemas de telégrafo
óptico, algunos de los cuales se
usan todavía, especialmente en comunicaciones
militares. En este terreno se difundieron
rápidamente los telégrafos
basados en la emisión de luces a
intervalos rítmicos. La fuente luminosa
se oculta o se abre por medio de un sistema
de cortinillas, con diferentes combinaciones,
cada una convencionalmente unida a letras
del alfabeto o a números, que, a
su vez, corresponden a determinadas informaciones.
Los telégrafos ópticos de
transmisión de luz se dividen en
dos grandes categorías: los heliógrafos
y los dióptricos. Los primeros utilizan
la luz del sol (u otra fuente luminosa natural),
reflejada generalmente por un sistema de
espejos; los segundos tienen dentro un generador
de luz (pila, batería). Los dióptricos
son menos manejables que los heliógrafos,
pero tienen la ventaja indiscutible de poder
usarse con cualquier tiempo, y tanto de
día como de noche.
La electrostática, ya conocida hacía
tiempo, constituyó la materia prima
para la invención del telégrafo
eléctrico. La construcción
del primer tipo de este telégrafo
se remonta a 1754, por obra del físico
ginebrino P. Ch. Lesage, que utilizó
24 hilos metálicos (uno para cada
letra del alfabeto), aislados entre sí
y todos ellos comunicando con un electroscopio.
El aparato fue perfeccionado por Lomond,
pero fue Alessandro Volta quien realizó
una labor esencial para conseguir el moderno
telégrafo al descubrir un generador
de corriente continua: la pila. Entonces
se trataba ya de interrumpir el flujo de
corriente a intervalos determinados y según
un ritmo convencional para crear así
un alfabeto y poder comunicarse con él.
Sin embargo, partiendo de esta premisa,
fueron numerosisimas y muy distintas las
soluciones estudiadas, propuestas y adoptadas
por los diversos investigadores. Ampére,
en 1820, propuso los reveladores formados
por agujas imantadas.
Un decenio más tarde los físicos
alemanes K. F. Gauss y W. Weber lograron
realizar una conexión entre dos puntos,
que distaban tres kilómetros entre
sí, con un circuito de doble hilo.
Los impulsos venían dados, en principio,
en un carrete y por medio de un imán
al cambiar de posición; a la llegada
eran revelados por un galvanómetro.
Eso era ya una considerable simplificación
con respecto al sistema de Lesage, pero
se dio un nuevo paso adelante cuando un
alumno de Gauss, Steinheil, descubrió
que se podía utilizar un hilo único,
cerrando el circuito por medio de la «toma
a tierra».
El telégrafo, tal como nosotros lo
conocemos, está íntimamente
relacionado con el nombre de Samuel Morse,
ciudadano americano, el cual logró
experimentar en 1837 el primer telégrafo
auténtico. El aparato telegráfico
de Morse consta de dos órganos de
trabajo: uno recibe el nombre de manipulador
y el otro se llama receptor. El
manipulador consiste en esencia en una palanca
de primer género que tiene el punto
de apoyo conectado a la línea, mientras
en la posición de reposo aquélla
establece contacto con el receptor de la
propia estación gracias a un resorte
que mantiene levantada la empuñadura;
cuando se oprime ésta, se establece
comunicación entre la línea
y la pila, a la par que se excluye el receptor
propio, lanzando a la línea un impulso
de corriente, que puede ser tan largo o
corto como se quiera. El receptor es otra
palanca de primer género, uno de
cuyos brazos es la armadura de un electroimán,
que en posición de reposo se mantiene
separada de su polo por un resorte antagonista,
mientras en el otro brazo tiene un estilete
que en reposo se mantiene separado, pero
cercano a una cinta de papel que va desenrollándose
de un tambor por un movimiento de relojería.
Cuando el electroimán recibe un impulso
de corriente, atrae su armadura, y la punta
del estilete se apoya sobre la cinta y la
oprime contra un cilindro entintador, marcándose
una raya más o menos larga o bien
un punto solamente, según la duración
del impulso recibido. Se ve, pues, que a
cada bajada de la empuñadura del
manipulador se marcará un trazo en
la cinta del receptor, trazo corto o punto
si el contacto ha sido de corta duración,
trazo largo o raya si ha sido de duración
más larga. Morse, con la ayuda (quizá
decisiva) de su aventajado alumno Alfred
Vail, logró poner en funcionamiento
un sistema convencional de líneas
y puntos todavía empleado en la actualidad.
El alfabeto Morse constituye el producto
de un largo, cuidado e inteligente estudio
de la lengua inglesa, en el cual las letras
de empleo más frecuente en ese idioma
están señaladas con signos
breves y las menos usadas con signos largos.
Este
alfabeto, introducido en 1844, fue inmediatamente
adoptado, al contrario de lo que había
ocurrido con el aparato transmisor y recepton.
El primer
mensaje, el 24 de mayo de 1844, pudo ser
intercambiado con éxito entre Washington
y Baltimore.
Una circunstancia afortunada, la transmisión
de una noticia de carácter político
y de importancia trascendental, determinó
la adopción definitiva del telégrafo
Morse por el Gobierno norteamericano.
Rápidamente el telégrafo Morse
conquistó el mundo uniendo las ciudades
y los países. Más aún:
en 1850 un cable submarino, ideado y construido
por el inglés Wheathstone, unió
Dover con Calais. El éxito del experimento
invitó a otras tentativas y en breve
tiempo los continentes se unieron con las
islas. Pero quedaba el grave problema de
los océanos. ¿Sería
posible superarlos? Se preguntaban entonces
los técnicos si no valdría
más unir América con Europa,
a través de Alaska y Siberia, antes
que gastar miles de libras esterlinas y
de dólares en frágiles cables
para echarlos al fondo del océano.
Las dudas y la incertidumbre surgían
por todas partes y las dificultades parecían
insuperables.
Se hizo un nuevo intento. En 1857 se colocó
un cable de 3.000 km de longitud que unía
Irlanda con Terranova, pero se rompió.
Un año después se intentó
con otro tipo de cable y la reina de Inglaterra
envió, por medio de él, un
mensaje de saludo al presidente de los Estados
Unidos, que lo recibió y lo contestó.
Sin embargo, muy pronto se dieron cuenta
que algo no funcionaba. Se sacaron a flote
algunos pedazos de cable y vieron que la
salinidad lo corroía con gran rapidez.
Se estudiaron diversas soluciones, se hicieron
diversas tentativas y finalmente, en 1865,
se fletó el gran transatlántico
Great Eastern para colocar un nuevo
cable. Cuatro años más tarde
los franceses unieron Brest con la isla
de Saint Pierre et Miquelon. En 1870, el
sutil hilo del telégrafo unía
todo el mundo. En 1903, Theodore Roosevelt
lanzó su primer mensaje alrededor
del mundo, y nueve minutos más tarde
el mensaje volvía a Washington.