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HISTORIA DE LAS COMUNICACIONES



El TELEFONO

¿Quién fue el inventor del teléfono? Esta pregunta dio lugar, entre los años 1870 y 1880, cuando apareció el teléfono, a una encarnizada polémica que, si bien en la actualidad ya está superada, tiene todavía gran interés.

La historia del teléfono no ofrece grandes acontecimientos, pero está salpicada de curiosas y extrañas coincidencias. A fines del siglo XVII, dos personas que no se conocían entre sí, y que vivían y trabajaban en lugares muy lejanos, el inglés Robert Hooke y el francés Gauthey, presentaron a sus respectivos gobiernos un mecanismo basado en la propagación del sonido por medio de un hilo tendido.


Los dos científicos habían descubierto, con menos de tres años de diferencia uno de otro, que la voz, en el momento de chocar con una membrana, produce una vibración. Esta vibración, a su vez, se transmite a lo largo de un hilo, produciendo en su terminación una vibración análoga sobre otra membrana igual montada en el extremo opuesto. Era un primitivo teléfono acústico. Los dos investigadores experimentaron con éxito su hallazgo. En 1680 Gauthey hizo una demostración en presencia de Luis XIV, a lo largo de una distancia de casi un kilómetro. El rey, llevándose la membrana receptora al oído, logró entender perfectamente lo que decía uno de sus ministros, que hablaba desde el otro extremo del hilo. Gauthey fue muy alabado y generosamente recompensado; no obstante, cuando algún tiempo después y animado por los elogios del rey, quiso realizar un nuevo experimento (esta vez a la sorprendente distancia de 600 km) no le hicieron el menor caso. Por lo visto el teléfono acústico, pasado el primer momento de curiosidad, no interesaba a Francia. En cuanto a Hooke no tuvo mejor suerte: nadie le tomó seriamente en consideración y su aparato quedó olvidado por completo. Un dato curioso es que los dos aparatos eran más o menos iguales. Sin embargo, es más curioso todavía el hecho de que esta semejanza se había de repetir (y esta vez de forma más rotunda) doscientos años después en los Estados Unidos.

Péro volvamos a seguir la breve historia de la invención. La idea de aplicar la electricidad a un aparato para «transmitir la voz humana a distancia» se remonta a 1837; es contemporánea, por lo tanto, a las primeras tentativas logradas por Morse de aplicar racionalmente los impulsos eléctricos a su telégrafo.

Autores de los primeros ensayos serios del teléfono fueron los americanos Henri y Page; pocos años después, en 1850, el francés Bourseul llevó adelante la solución de los problemas relacionados con el nuevo y revolucionario invento. Más tarde, el inglés Scott construyó el «fonoautóp.rafo», y el alemán Reis, entre 1855 y 1863, lo perfeccionó llamándolo teléfono musical. Pero conviene aclarar que en este aparato trabajaron muchísimos investigadores de muy diversos países, cada uno siguiendo y desarrollando una idea propia. Y, como es natural, los diversos proyectos se parecían entre sí.

En la ciudad de Boston y en el año 1874, Alexander Graham Bell encargó a un taller de electricidad, propiedad de Charles Williams, la cons¬trucción de una pieza de recepción y transmisión que había inventado y a la que dio el nombre de telégrafo armónico. El aparato consistía en seis electroimanes transmisores con sus resortes vibradores en seis diferentes tonos, y seis receptores con los resortes dispuestos para reproducir el sonido individualmente; sin embargo, a pesar de los constantes experimentos, no logró evitar las iiiterferencias entre los mensajes enviados al unísono. Pocos años más tarde, Elísha Gray lograría perfeccionar este invento haciéndolo funcionar sin interferencias.

A pesar del fracaso del telégrafo armónico, Bell siguió trabajando, basando sus experimentos en su teoría sobre la transmisión de la palabra, por lo cual si se lograba que una corriente eléctrica variara en intensidad, como el aire varía en densidad durante la producción del sonido, se podría transmitir la palabra telegráficamente. Durante sus estudios en colaboración con Tomás A. Watson, operario del taller de Williams, Bell observó que la razón por la cual sus mensajes se mezclaban era la falta de exactitud en el ajuste de los resortes de los receptores; en uno de sus ensayos, un resorte dejó de vibrar y al tratar de repararlo comprobaron que con el circuito continuo cerrado, aquel pedazo de acero, bajo la acción de la corriente de la bobina, enviaba una corriente de intensidad variable, igual que el aire variaba de densidad dentro de la distancia audible del resorte. Esta corriente, al pasar a través del alambre del receptor, se transformó en un débil eco del sonido del resorte. Bell y Watson no tardaron mucho en darse cuenta de la magnitud del fenómeno que se había producido; rápidamente lo repitieron con los diferentes resortes de que disponían y pronto comenzaron a experimentar con el primer teléfono eléctrico.

El 14 de febrero de 1876, Alexander Graham Bell solicitó patentar su aparato eléctrico para la transmisión de la voz a distancia. En el mismo año realizó una exhibición en la Exposición Centenaria de Filadelfia, atrayendo la curiosidad del público y el interés de científicos e industriales. De estos últimos se constituyó en portavoz el inglés William Thornson, que encontró rápidamente capitales en Inglaterra y en Estados Unidos. En 1878 surgió la primera central telefónica en New Haven (Connecticut) y apenas dos años después todas las ciudades americanas estaban unidas telefónicamente.

Sin embargo, la instalación del teléfono presentó serias dificultades, siendo una de las principales la frecuente rotura de los cordones flexibles al usar los primeros teléfonos de mano. Esto hizo necesario organizar cuadros de distribución para formar las primeras centrales telefónicas. Mientras tanto, los dirigentes de la Western Union, que habían despreciado la oferta de las patentes de Bell, comprendieron, aunque tarde, la importancia del teléfono y recurrieron a Edison para que les hiciera alguna modificación esencial en el nuevo invento. Edison construyó un transmisor telefónico de carbón; pero sus resultados no fueron tan perfectos como los realizados por Bell. Al poco tiempo Frank Blake ideó un aparato transmisor más potente, que fue adquirido al punto por la compañía de Bell.

Posteriormente, los perfeccionamientos del teléfono han sido incesantes; pero, en líneas generales, son una evolución del sistema ideado por Bell. Al funcionamiento manual han sucedido los teléfonos y centrales automáticos; al primitivo hilo conductor del impulso, que solamente permitía una conversación, ha sucedido el cable coaxial que hace posible incluso 1.200
conversaciones simultáneas, y, como novedad, las conversaciones telefónicas inalámbricas. Este sistema consiste en estaciones transmisoras que transforman los sonidos en ondas eléctricas de longitud y frecuencias variables, y viceversa, las ondas son transformadas en sonidos en las estaciones receptoras. La forma de propagación de estas ondas puede ser diferente; así las transmisiones pueden efectuarse entre dos estaciones enviando una u otra ondas eléctricas de alta frecuencia, lis cuales son reflejadas por la ionosfera, capa atmosférica situada entre los 60 y los 200 kilómetros de altura. En el recorrido la onda pierde gran parte de su potencia; así una señal que se emita con una potencia de 90.000 vatios llegará a la estación receptora con una potencia de pocas millonésimas de vatio, por lo que habrá que amplificarse y después transformarla en sonido. También como medio propagador se utiliza la troposfera, capa atmosférica que llega hasta 8 12 kilómetros de altura. El alcance de las emisiones con la atmósfera como. medio propagador de las ondas eléctricas es inferior. Este sistema, junto con el cable submarino, se emplea para comunicaciones telefónicas transoceánicas. Sin embargo, y tal como ideara el teléfono en un principio Graham Bell, es decir, dos estaciones unidas por un hilo conductor, se prefiere el cable submarino, a pesar de su mayor costo de instalación, ya que la calidad de la trasmisión es superior y permite mayor número de comunicaciones simultáneas.

No fueron pocos, hacia los años ochenta del pasado siglo, los que, al observar la creciente difusión del teléfono, predijeron el fin del telégrafo e incluso del correo. En realidad, son muchas las ventajas del teléfono respecto al telégrafo: por ejemplo, la ocasión de poder convencer, con la fuerzá de la palabra directa, al interlocutor lejano; la excepcional importancia, sobre todo en el campo de los negocios, de poder obtener del más directo responsable, una autorización o una prohibición de viva voz; el interés que pueden revelar las distintas entonaciones de la voz que pronuncia incluso un simple «sí». Evidentemente, el telégrafo no puede dar todo esto. No obstante, y en compensación, tiene algunas ventajas que le harán indispensable en cualquier época. Sobre todo el precio, que es muy inferior al del teléfono; después, el valor documental de un texto escrito respecto a la fugacidad de las palabras; finalmente, y quizá lo que constituye el factor principal, la absoluta certeza de llegar al interesado. El teléfono necesita la
presencia física. No así el telegrama, que llega al destinatario una vez ha sido localizado.

Por lo tanto, aunque no contasen un siglo de intensa y gloriosa existencia estos dos medios de telecomunicación, deberíamos admitir que no sólo no existe oposición entre ellos, sino que se integran y completan, aportando cada uno una insustituible contribución a nuestra vida cotidiana. Así, el telégrafo y el teléfono entraron por la puerta principal en la vida de los Estados Unidos y juntos han pasado a la historia.

Todo el mundo recuerda el famoso «telegrama de Ems», que si no fue la causa (como algunos sostienen), por lo menos contribuyó en gran manera a provocar la guerra entre Francia y Prusia en 1870, y como consecuencia, al derrumbamiento del Segundo Imperio francés. En efecto, las relaciones entre Francia y Prusia habían llegado a un punto muy grave debido a la rivalidad de ambos países en lo referente al asunto de la sucesión del trono vacante de España; sin embargo, empezaba a ceder la crisis y se vislumbraba una solución pacífica (tras la renuncia a aquel trono del príncipe prusiano Leopoldo de Holienzollerri y el cordial comienzo de conversaciones entre Guillermo I de Prusia y el ministro del emperador de Francia, tmile Ollivier) cuando el canciller Bismarck - decidido partidario de la guerra - reveló (después de haberlo retocado hábilmente) el contenido de un telegrama que le había llegado de Ems y en el que se acusaban abiertamente los manejos de Francia.

El escándalo, por la revelación del hecho, fue de tal magnitud que influyó profundamente en la opinión pública de los dos países y sobre todo
en el sensible gobierno francés, al que empujó hacia una situación que se revelaría fatal en poco tiempo.

Sí un telegrama provocó una guerra desastrosa y produjo consecuencias tan trascendentales como la caída de un imperio y la formación de otro, el teléfono, por su parte, une en la actualidad, con una línea «candente», dos ciudades en las que se puede decidir la paz o provocar un conflicto atómíco que preocupa a la humanidad entera. En 1963, para facilitar las relaciones entre los dos mundos que hoy día se oponen abiertamente, comunismo y capitalismo, los dos jefes de Estado, el de la Unión Soviética y el de los Estados Unidos, Kruschev y Kennedy, decidieron unir el Kremlin y la Casa Blanca con una línea telefónica directa y secretísima, con el fin
de evitar que cualquier malentendido pudiese dar lugar a decisiones extremas e irremediables.

Por fortuna, la evolución de los hechos históricos no ha empujado a ninguna de las dos potencias a provocar esa temida ruptura. Queda todavía, incluso en ese caso, un hilo y un pequeño y sensible aparato telefónico para dar al mundo la esperanza de una última y extrema posibilidad de entendimiento.