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HISTORIA DE LAS COMUNICACIONES



El LENGUAJE HUMANO

El lenguaje es el medio de comunicación más importante del hombre. Las diferencias sustanciales que existen entre el lenguaje humano y el de los animales se pueden reducir prácticamente a dos: el primero, el del hombre, es figurado, además de progresivo (o abierto); por lo que se puede referir también al pasado o al futuro y no limitarse al presente, como es típico de los animales;, por otra parte, en vez de constituir un sistema cerrado (un conjunto de sonidos fijos aptos para indicar determinados hechos o necesidades), se articula en «palabras» (grupos de sonidos: consonantes y vocales), articuladas, a su vez, en «oraciones» o «frases». Un lenguaje como el humano es más «difícil» que el animal, y he aquí por qué el niño «aprende» a hablar, mientras que en los animales el lenguaje es instintivo. La progresiva elaboración del lenguaje humano ha sido posible por el desarrollo del cerebro, al cual se han adaptado lentamente los órganos interesados en la emisión de la voz. En los animales, naturalmente hay menos órganos de esta clase; pero no obstante en aquellas especies (como algunos tipos de aves) en las que la elaboración de la voz se lleva a cabo por un sistema semejante al humano - y, por lo tanto, puede llegar a repetir palabras y frases humanas (como hace, p, ej., el loro) -, la menor potencia y la más limitada capacidad de mando que tiene su cerebro les impide aprender realmente el lenguaje humano.

El hombre apareció sobre la Tierra en tiempos relativamente recientes: hace quizá menos de un millón de años. Presentaba sustanciales ventajas sobre los otros animales: caminaba erguido sobre las piernas y, por ello, estaba capacitado para usar los brazos y las manos en la ejecución de trabajos. Su cerebro era poco mayor que el de los grandes monos y consiguió así trabajar la piedra y usar la leña mejor que,los simios. Y fue precisamente esta esencial distinción de inteligencia la que le permitió descubrir el fuego. Se supone que este acontecimiento, de extraordinaria importancia para el género humano, debió de suceder hace medio millón de años, aproximadamente. Hasta aquel momento es muy probable que la vida humana fuera bastante parecida a la de los animales superiores. Sus exigencias, sus necesi
dades y su comportamiento fueron ciertamente elementales. También la vida social y la organización del trabajo debían de ser semejantes a las de una manada de monos o de cualquier familia de mamíferos. Era extremadamente modesto también el lenguaje, cerrado y tal vez incapaz de emplear el sentido figurado.

Pero, después de la aparición del fuego, el cerebro humano experimentó un rápido desarrollo y, sobre todo, se ampliaron y se enriquecieron ciertas partes, en especial la corteza cerebral, donde residen los órganos encargados de la memoria, lenguaje y escritura.

El hombre pudo ingeniar complicados sistemas de caza, de trabajo manual y hasta mecánico, mientras, con igual ritmo, adaptaba su propio lenguaje, elaborándolo en formas más complicadas y difíciles, como lo requerían su nueva condición social y las relaciones con sus semejantes y con los otros habitantes de la tierra.

Organizado en clanes, tribus y familias, muy pronto tuvo exigencias imposibles en los animales. Por otra parte, en su vagar por la Tierra, tuvo que inventar nuevos términos para designar animales que antes desconocía, fenómenos nuevos, mares, lagos, montes, ríos y torrentes: todo lo que iba descubriendo poco a poco.

La ubicación de los clanes, el ambiente, el clima, la flora, la fauna, el tipo de vida (fácil o difícil) fueron elementos que hubieron de influir notablemente - tal vez de manera determinante - en el lenguaje humano, y que incluso lo diferenciaron. Esta variedad constituye una característica propia del hombre, ya que el animal, sea el que sea el ambiente y la lati« tud en que vive, conoce un único y universal lenguaje, común e innato en la propia especie.

El problema de la diferenciación lingüística del Homo Sapiens es uno de los que más han fascinado a los investigadores en los siglos pasados. De hecho, parece natural presumir que originariamente debieron de existir poquísimas lenguas o quizá una sola de las cuales derivaron, transformándose poco a poco, las actuales.

La lengua es, en efecto, mutable según vagos principios difícilmente clasificables. Es cierto que no sólo encontramos nosotros áspero el lenguaje de Gonzalo de Berceo, sino incluso un tanto extraño el usado hace más de cien años por Moratín, pongamos como ejemplo. Del mismo modo, ningún político actual podría emplear las expresiones y los términos comúnmente empleados por Maura o Canalejas en los primeros años del siglo sin caer en el ridículo.

Es inútil, por consiguiente, indagar y pretender resolver los problemas del «porqué» y «cómo» de los cambios de la lengua y aún más creer que se pueden llegar a reconstruir las lenguas primitivas. Sin embargo, vale la pena hacer mención de las principales teorías que eminentes lingüistas del pasado propusieron al término de sus estudios en la materia, aun advirtiendo que, a la luz de una crítica severa, ninguna de ellas consigue convencer plenamente.

Antes del siglo XIX pocos se habían planteado este problema. Demócrito, Locke, Adam Smith y algunos otros sostuvieron, sin excesivas diferencias entre ellos, que la lengua es en sustancia, un producto artificial, es decir, no connatural en el hombre,
sino universalmente aceptado por una especie de convenio. Al menos hasta el siglo XVII, en los países cristianos se consideraba sin lugar a dudas que el hebreo la lengua por excelencia
del Antiguo Testamento y que había sido la hablada por Dios para dirigirse al pueblo elegido era la primogénita.

En compensación, el siglo XIX ofrece una abundancia de teorías verdaderamente extraordinaria; tanto que sería muy difícil recordarlas todas. Algunos sostenían que el lenguaje tiene un origen imitativo (onomatopéyico), sacado directamente de los sonidos y los rumores de la naturaleza. Otros, en cambio, relacionaron el origen de las palabras con la exclamación instintiva suscitada por las diversas emociones. Alcanzó también cierto é xito la teoría de acuerdo con la cual el lenguaje había nacido de ciertas expresiones inarticuladas típicas del trabajo colectivo (como, por ejemplo, las de aquellos que levantan una piedra o tiran de una cuerda). Teoría del «ding dong» se denominó la propuesta por Max Müller, profesor de Oxford, hacia fines del siglo XIX; según este distinguido erudito, el idioma nació de una reacción interna a impulsos externos. El ruso Marr sostuvo que el hombre concretó por medio de las palabras el primitivo lenguaje de los gestos; en cambio, Renan era del parecer de que el hombre aprendió a hablar independientemente de los elementos externos y de una sola vez; por último, Steinthal propuso por su parte una lenta evolución de la lengua en estrecha relación con la evolución psíquica del hombre.

Pero en conjunto, la falta de bases científicas consistentes y autorizadas resta validez y veracidad a cada una de estas tesis (y a las otras mil nacidas en aquellos años), tanto que desde 1866 la Société Nationale Linguistique de París decidió no tomar ya en consideración ninguna teoría más sobre el origen de la lengua.

A pesar de todo, aquel fervor de estudios y de apasionadas indagaciones interesó a la opinión pública mundial, fundamentalmente propicia, ya sea por el progreso científico, ya sea por las grandes corrientes humanitarias y de hermandad universal, propias de los últimos años del siglo XIX, a acoger y hacer suyas ideas y fórmulas revolucionarias, incluso en materia de lenguas. Y he aquí como nace de todas estas investigaciones el interés y los estudios por crear una nueva lengua, una lengua universal. En verdad, tampoco en este caso faltan antecedentes históricos, aunque los años en que se centra el interés por estos estudios son los postreros del siglo XIX y los primeros del XX.

Fue un alquimista italiano del siglo XVII, Fulcanelli, el primero, que se sepa, en lanzar la idea de una lengua universal, la cual, según él, no sería más que un retorno a los orígenes. Efectivamente, estaba convencido de que la primera lengua hablada por el hombre, la lengua «pura» por excelencia, era del todo similar a la de los pájaros, y proponía, por lo tanto, un vocabulario de silbidos, trinos y gorjeos.

La lengua pura, decía Fulcanelli, era la utilizada por Adán, su mujer y sus hijos, y su recuerdo debía de estar aún vivo en los egipcios, ya que en el papiro de Leiden se dice «Te hablo con la voz de los pájaros». También los incas, antes de la conquista española, conocían y usaban una lengua universal. Se dice que Orfeo podía hablar con los pájaros, y también el héroe Sigfrido. Y San Francisco de Asís era perfectamente comprendido por las avecillas.

Algunos decenios más tarde fue el jeque árabe Moyi-ed-Din quien lanzó de nuevo la idea común que llamó «bala-balan». Casi contemporáneamente, un obispo inglés, Wilkins, Llegó hasta a redactar una gramática y un vocabulario universales.

Más consistentes fueron las tentativas en el siglo XIX. En 1857, el profesor alemán Schleyer consiguió despertar un poco de curiosidad por su idioma racional llamado «volapük». En 1868 nació la «universalglot» de Pirro; pero sólo en 1887 se llegó a un auténtico y clamoroso éxito en la materia con Ludwig Lazarus Zamenhof, oculista de Varsovia, quien publicó los resultados de sus estudios acerca de una lengua mundial denominada «esperanto». Sobre el esperanto se concentró inmediatamente el interés de muchos estudiosos y la lengua alcanzó pronto cierto éxito, por lo demás aún vivo en nuestros días. La lengua fue perfeccionada por el francés De Beaufort, que la bautizó «ido».

Después del «latino» de Peano (1903), de la lengua «occidental» nacida en 1925 y del «frater» de Pham Xuan Thal (1957), la universidad de
Columbia publicó, en 1961, el vocabulario de la última lengua universal, la «Interlingua», debida a la señora D. H. Morris, de Nueva York, prueba evidente, aunque faltasen congresos, reuniones y clubs, de la vitalidad de la idea. La fundación de la International Auxiliary Language Association (I.A.L.A.) sustituye la preocupación por un lenguaje universal, por la búsqueda de un medio auxiliar.

Se puede suponer razonablemente que el hombre emplea un lenguaje evolucionado como el actual desde hace, por lo menos, 100.000 años. Pero empezó a escribir, o sea, a dejar un testimonio de la propia lengua, hace apenas seis mil años. El lapso de tiempo es demasiado breve y la fecha demasiado próxima a nosotros para poder deducir algo más que simples suposiciones sobre los lenguajes primitivos. Hoy día son cerca de 2.000 las lenguas habladas en el mundo. Muchas se han extinguido o se han transformado de tal manera que no tienen nada que ver con la originaria. Entre los idiomas totalmente desaparecidos (de los que no quedan otros rastros que las hipotéticas raíces de términos comunes en otras lenguas) figura el
germánico. Entre las consideradas «muertas», pero todavía universalmente conocidas, se encuentra el latín. El griego pertenece a un tercer tipo: conserva la grafía original, pero su pronunciación ha cambiado casi totalmente.

La etimología, que es la ciencia que estudia el origen de las palabras, ha podido establecer que existen parentescos más o menos estrechos entre varias lenguas, de modo que se pueden conducir de nuevo a un único tronco. La etimología no es una ciencia sencilla, pero intentaremos acercarnos a ella con algún fácil ejemplo. Tomemos tres palabras castellanas: diez, cielo, padre. Comparéi noslas con los correspondientes términos franceses: dix, ciel, pére. Inmediatamente salta a la vista que tienen las mismas iniciales, además de una construcción muy similar. Extendamos ahora nuestro examen al italiano: las tres palabras se escriben dieci, cielo, padre. La semejanza aquí es también sorprendente. Sabemos por la historia que, durante siglos, los romanos dominaron en Italia, Francia y España, y que emplearon su lengua, el latín, la cual, naturalmente, se convirtió en la lengua de aquellas poblaciones. De este modo, pues, para finalizar este examen sólo falta comparar las palabras castellanas, francesas e italianas con las latinas. Estas son decem, caelugn, pater.

Hemos escogido tres términos cualesquiera, pero, ampliando y profundizando el examen comparado de las palabras de las tres lenguas, el resultado no cambia. Castellano, francés e italiano son tres lenguas «hermanas», es decir, nacidas del mismo tronco: el latín.

Si consideramos ahora las lenguas habladas por pueblos no sometidos a los romanos, como, por ejemplo, el alemán y el inglés, pero que en tiempos muy lejanos establecieron relaciones, contactos e intercambios de población, encontraremos fácilmente que también entre estas dos lenguas existen relaciones de parentesco muy estrechas, tanto como para hacer suponer con fundamento la existencia de una lengua común originaria: el «germánico».

Pero el estudio etimológico de las más importantes lenguas europeas: español, francés, italiano, inglés y alemán, nos reserva otra sorpresa. Nos damos cuenta, sin posibilidad de duda, de que tienen expresiones comunes, aunque menos inmediatas, sobre todo reconocibles en palabras - o raíces de palabras - muy antiguas, seguramente de ascendencia prehistórica. El castellano padre, que hemos visto que tenía su correspondencia con el padre italiano y el pére francés, deriva del pater latino. Pero éste no puede negar su relación con el father inglés y el vater (v pronunciada f) alemán.

¿Qué conclusión podemos, pues, deducir? Los investigadores han establecido ya un árbol genealógico de las lenguas, el cual exponemos aquí con sus sucesivas subdivisiones:

La lingüística es una ciencia independiente, pero se halla, de hecho, ligada a todas las especializaciones de la arqueología, la cual estudia precisamente todo lo relacionado con nuestros antepasados. Sus actuales orientaciones (fonética, semántica, estructuralismo, lingüística psicológica y sociológica, matemática lingüística, etc.) amplían notablemente el objeto de su estudio.

Las excavaciones, los análisis de hallazgos, la interpretación de documefitós y el estudio de las lenguas, trabajando de consuno, han llegado ya a un punto tal de profundización, que pueden facilitarnos indicaciones bastante seguras - o probables, por lo menos - acerca del camino recorrido por la humanidad desde hace medio millón de años hasta hoy. Para estos investigadores, la humanidad se encuentra dividida en grupos, de los cuales uno de los más importantes es el indoeuropeo. En el campo de estos
estudios merece mención particular el profesor Franz Bopp (1791-1867) de la universidad de Berlín, quien, al crear la gramática comparada, individuó el parentesco entre las lenguas indoeuropeas. Este grupo presenta características comunes que lo diferencian netamente de otros grupos, sobre todo en el ámbito cultural, uno de cuyos rasgos más sobresalientes es la lengua.

La lengua indoeuropea puede ser comparada a un grueso tronco de árbol del que han brotado varias ramas, más o menos gruesas. Algunas de estas ramas han generado, a su vez, ramas más pequeñas. Otras han quedado desnudas y han muerto.

Sería, no obstante, demasiado largo y complicado seguir esta excepcional floración (las lenguas indoeuropeas son casi un millar), sobre la cual ejercieron amplia influencia injertos, dispersiones y superposiciones de pueblos. Bastará hacer mención tan sólo de los ramales más sobresalientes del grupo.

Cuatro grandes ramas reclaman en primer lugar. nuestra atención. Son el indoiranio, el baltoeslavo, el italocéltico y el germánico. Ya se ha hablado superficialmente del germánico. Sir embargo, hay que aclarar que el latín, del que también hemos hablado, no es, como el germánico, una rama principal que se destaca directaffiente del tronco, sino que, a su vez, es una derivación de otra rama principal, el italocéltico, del que se separan, además del latín (con todas sus derivaciones), otras ramas, como el irlandés, el galés, el bretón y el gaélico.

Otra gran ramificación es el baltoeslavo. Ha dado origen a dos ramas: la primera comprende el ruso, el polaco, el búlgaro, el checo y el serbocroata (lenguas eslavas); el segundo, el letón y el lituano (lenguas bálticas).

De la rama indoirania, dividida, a su vez, en varios grupos, forman parte casi todas las lenguas del subcontinente indio y de Persia.

Independiente era la lengua hitita, muerta desde hace más de dos mil años. Difícilmente clasificable es la lengua etrusca, que, sin embargo, se habló comúnmente hasta el siglo II a. de J. C.

Un grupo particular en Europa es el constituido por el ugrofinés, no indoeuropeo, y que comprende el finlandés, el estoniano y el húngaro.

Tal vez de posible origen caucásico (si bien existen muchas dudas sobre el particular) es el vascuence, el cual, aun estando claramente delimitado y casi comprimido entre fuertes idiomas (francés y castellano), ha conservado su propia pureza.

En África y en Oriente Medio las diversas lenguas y los numerosos dialectos se relacionan con el gran grupo lingüístico camitosemítico. Este grupo nos ha dejado testimonios antiquísimos, cuyos primeros documentos escritos se remontan a más de 5.000 años y constituyen, por lo tanto, uno de los más lejanos testimonios llegados hasta nosotros.

El árabe, muy difundido gracias a la expansión islámica, forma parte del grupo semítico y se habla desde Marruecos a Siria. También pertenece a este grupo el hebreo acual, extinguido en la época del imperio romano y vuelto a revivir tras la constitución del estado de Israel.

La familia lingüística bantú, dividida en decenas y decenas de lenguas y dialectos, domina en casi toda África meridional. Sin embargo, también en África existen amplias zonas habitadas por pueblos difícilmente clasifica,bles en cuanto a sus lenguas.

En el estado más extenso del mundo, la Unión Soviética, la diversidad y fraccionamiento de las lenguas representa uno de los fenómenos más interesantes, porque corresponde a diferenciaciones étnicas frecuentemente muy profundas. Durante varios años, después de la revolución de octubre, la laboriosa misión de ayudar a promover la organización estatal de los distintos grupos étnico lingüísticos se confió a un ministerio especial, el de las Nacionalidades, que presidieron personajes de alto rango, como el propio Stalin. En la Rusia asiática predominan las lenguas del grupo altaico, pero no faltan lenguas sinotibetanas, ugrofinesas, etc. Para evitar el peligro de la dispersión del patrimonio cultural de estas poblaciones, muchas veces antiquísimo, tanto el gobierno central como las administraciones federales locales han realizado y realizan notables esfuerzos, especialmente con la creación, además de periódicos, de estaciones de radio y de estudios de televisión, de centros folkLóricos, de importantes bibliotecas y de círculos de estudio dedicados a la lengua, las tradiciones y las costumbres locales.

En el Extremo Oriente existe el grupo lingüístico más importante del mundo, hablado por mil millones de personas aproximadamente: el sinotibetano. Independiente es, en cambio, el japonés, que no tiene parentesco alguno con las lenguas y grupos vecinos. En el océano Pacífico y en el fridico se halla muy difundido el grupo malayopolinésico, cuyas afinidades con el indonesio parecen desmentir de modo rotundo a los investigadores que hacen derivar aquellas poblaciones (desde Java a Nueva Zelanda) de grupos étnicos americanos.

Las lenguas melanésicas (Nueva Caledonia, Salomón) y las australianas pertenecen a grupos autónomos.

De dificilísima clasificación son las lenguas americanas (no menos de 2.000), comprendidas en unos treinta grupos (algonquino, esquimal, uroazteca, iroqués, etc.). Todas ellas no parecen tener ningún vínculo con otras lenguas existentes.

Resumiendo, podemos establecer que las 10.000 (aproximadamente) lenguas humanas (aunque algunos las reducen a 3.000, en tanto que 4.000, más o menos, serían las lenguas muertas) se agrupan así:
Lenguas indoeuropeas; asiáticas (caucásicas); camitosemiticas; negroafricanas; caucásicas septentrionales; ugrofinesas; altaicas; sinotibetanas; australianas, y americanas.