El
CORREO
El
correo merece un capítulo especial
entre los medios más importantes
de comunicación. Se puede decir que
nació al mismo tiempo que la escritura,
de la que es, en cierto sentido, la justificación
y antecedente. De hecho, constituye el medio
por el cual nuestro mensaje llega hasta
donde no puede llegar la voz.
Los servicios postales, al menos en el sentido
amplio de la palabra, se organizaron desde
el primer momento en que nació la
entidad estatal. No había verdadera
soberanía donde faltara el conocimiento
de cualquier suceso y la posibilidad de
intervenir mediante una orden o una disposición.
Para cualquier gobierno es esencial que
las leyes se conozcan en todo el territorio
nacional, así como también
es esencial para los ciudadanos de un Estado,
incluso los más lejanos y remotos,
hacer sentir su propia voz a los gobernantes.
Por lo tanto, no es extraño que ya
4.000 años a. de J.C. el imperio
chino tuviese un activo y eficaz servicio
postal entre las capitales y los gobernadores
de todas las provincias de aquel inmenso
país. Ni tampoco que una espesa red
de mensajeros postales uniera las ciudades
egipcias 2.500 años a. de J.C. Asimismo,
medos y persas conocieron y cuidaron el
servicio de la transmisión de mensajes,
hasta tal punto que Jenofonte, equivocadamente,
atribuyó la invención del
correo a Ciro; pero el gran rey no hizo
otra cosa que
reorganizar un servicio que ya funcionaba
desde tiempos inmemoriales. Una nueva reorganización,
realizada por Darío, es la causa
de que algunos textos griegos le atribuyan
a él la invención.
Augusto realizó en Roma una organización
estatal del correo perfectamente eficaz
y regular. El cursus publicus
se llevaba a cabo por medio de dos organizaciones
distintas: una muy rápida y otra
normal. La primera estaba reservada para
las comunicaciones estatales, pero también
era eficaz la reservada al público.
Las minuciosas reformas realizadas por los
distintos emperadores (Nerva, Trajano, Diocleciano,
Antonino Pío, Constantino, etc.),
con el propósito de darle cada vez
más rapidez y seguridad, prueban
el interés que dedicaban los romanos
al servicio postal.
Con la caída del imperio romano desapareció
también el correo. Pasaron muchos
siglos antes de que fuera instituido de
nuevo un servicio de entregas de correspondencia
entre particulares.
Sin embargo, no desapareció en los
organismos estatales de los diversos reinos
bárbaros. Carlomagno lo perfeccionó,
incluso, instituyendo además de los
mensajeros corrientes (verdaderos y auténticos
carteros anti litteram) los miss¡
dominici, con el deber de ir de feudatario
en feudatario, de ciudad en ciudad, para
ver y oír - e incluso intervenir
algunas veces - y finalmente referir de
modo detallado lo visto y oído al
emperador. La gran autoridad de Carlomagno
contribuyó a dar un carácter
de regularidad al servicio postal del Sacro
Imperio; pero en cuanto sus sucesores demostraron
los primeros síntomas de debilidad,
también el correo se resintió
de ella, hasta el punto que llegó
a desaparecer.
Sin
embargo, en este paréntesis de tiempo,
el vigor excepcional de las órdenes
religiosas y monásticas, los privilegios
que les fueron concedidos y su creciente
riqueza, hicieron que sintiesen la necesidad
de una unión regular entre ellos,
no sólo para uniformar su línea
de organización, sino también
para anotar los acontecimientos y hechos
de interés general.
El monasterio de Corbie, en las cercanías
de Amiens, fue el primero en obtener del
emperador Lotario 111 una «carta postal»
; pero fueron los cistercienses quienes
se hicieron famosos por el servicio de unión
instituido entre sus numerosísimos
monasterios, que muchas veces distaban miles
de kilómetros entre sí. También
fueron famosos los servicios postales de
los Caballeros Teutónicos, los de
los monjes de Montecassino, y, verdaderamente
excepcionales, los de los religiosos de
la abadía de Valle Cava, que habían
montado un servicio de correspondencia por
mar con sus hermanos diseminados en toda
la cuenca mediterránea.
Los privilegios y concesiones reservadas
a los monasterios fueron muy pronto concedidos
también a las universidades, las
cuales, al tener maestros y. estudiantes
de toda Europa, debían mantener contacto
no sólo con las familias de sus miembros,
sino también con otras universidades,
con el fin de permitir un intercambio de
informaciones culturales. Parvi nuncí
y magninunci (para la correspondencia
privada y para la oficial) unieron muy pronto
toda Europa con los mayores centros universitarios.
El «estudio» de Bolonia fue
el primero en obtener la licencia postal,
seguida poco después del «estudio»
de Tolosa.
La universidad de la Sorbona obtuvo a su
vez un servicio de correspondencia con todas
las localidades francesas.
Es importante hacer notar, a este propósito,
dos particularidades del servicio postal
tal como aparece hasta principios de la
Edad Moderna. En primer lugar, el servicio
postal fue siempre considerado (y lo es
todavía) como privilegio estatal
y al Estado había que dirigirse siempre
para obtener el permiso, incluso cuando
(por falta de administración central)
lo desarrollaran los particulares. La segunda
particularidad era el precio, el cual era
independiente del peso y del destino, y
consistía en una recompensa para
el mensajero y una tasa destinada a las
cajas.del emperador, Pontífice o
príncipe que había autorizado
el servicio.
Es necesario añadir que el servicio
postal de los monasterios y de las universidades
estaba de facto (si no de jure)
a disposición de los particulares.
Perd inás tarde fueron estos particulares
quienes sentaron las bases para un servicio
postal moderno, racional y económico,
asequible por fin a la gran masa de público.
En América, en el imperio inca, antes
de la llegada de los españoles, existía
un eficiente servicio de correos. Los incas
aprovecharon las calzadas que cruzaban el
imperio, desde la costa hasta el interior,
para establecer un servicio sencillo y verdaderamente
eficaz. Este servicio era, no obstante,
privativo del emperador y de la nobleza
y se realizaba por medio de los chasquis,
que eran unos rápidos mensajeros
a pie que se turnaban regularmente y llevaban
mensajes verbales o escritos y transportaban
también algunas mercancías
y ciertos alimentos. Gracias a ellos, por
ejemplo, se podía comer en las ciudades
del interior el pescado fresco que se había
capturado en las costas del Pacífico.
En Europa fue una familia italiana, los
Tasso, la que logró organizar el
primer servicio postal eficaz con toda Europa.
Los Tasso emigraron primero a Austria y
después a Alemania, donde germanizaron
su nombre convirtiéndolo en Taxis.
Allí tuvieron, durante tres siglos,
de 1400 a 1700, la organización postal
más célebre y renombrada de
aquel tiempo.
En el siglo XVIII la consolidación
y centralización de los estados nacionales
impuso la creación de un servicio
postal de monopolio estatal, de acuerdo
con lo establecido por cada nación.
Se favoreció entonces el aumento
de los intercambios y de las relaciones
entre los estados, se apoyaron los avances
culturales de los pueblos, provocando un
gran aumento de la correspondencia y asimismo
un gran interés por el correo en
el interior de los países. Pero este
creciente interés por el correo chocaba
con las tarifas, no sólo distintas
de un estado a otro, sino además
complicadas con una serie de contribuciones
debidas a la diferencia de peso, a la distancia
del lugar de expedición y de la localidad
misma de la expedición, según
fuese o no sede de una oficina postal. Eso
dio lugar a la creación del sello,
que fue implantado en Gran Bretaña
gracias a la reforma del sistema postal
debida a la iniciativa de Rowland Hili,
si
bien ya tuvo sus precedentes en Francia,
en 1658, en la petite poste de Paris,
autorizada por Luis XIV en 18 de julio del
mismo año, a petición de Juan
Jacobo Renouard, más tarde conde
de Villayes. A este ensayo francés
siguió otro a fines del siglo XVIII,
en las Indias Neerlandesas, así como
otro en el año 1818 en Cerdeña,
lo que movió en 1823 a Curry de Trettenberg,
oficial del ejército sueco, a proponer
al Gobierno de su país un sistema
de previo pago del franqueo mediante un
papel timbrado para cartas, al que dio el
nombre de Porto Karte y que fue
rechazado por el Gobierno y la Dicta, alegando
que era muy complicado. Por último,
hubo dos ensayos más anteriores a
la reforma de Rowland Hill que circularon
postalmente: el denominado sobre de
Sidney (Nueva Gales del Sur), a fines
de 1838, y el famoso sello de Chalmers empleado
en Duridee en los meses de septiembre y
octubre del año 1839.
Una de las propuestas fundamentales de Rowland
Hill era la de hacer pagat al remitente
el franqueo de la correspondencia, que hasta
entonces era abonado por el destinatario.
Con el fin de atestiguar el hecho de haber
pagado el franqueo, el remitente debía
pegar sobre la carta, o sobre cualquier
otro objeto que se expidiese, sellos por
valor del importe que se tuviera que pagar
de acuerdo con las tarifas establecidas.
Los
primeros países que adoptaron los
sellos de correos después de Inglaterra
fueron: los cantones de Ginebra y Zurich;
el Brasil, en el año 1843; el cantón
de Basilea y los Estados Unidos en 1845;
en 1847 las islas Mauricio y Trinidad; en
1849, Bélgica, Baviera y Francia;
en 1850, Austria los estados alemanes de
Hannover, de Prusía y de Schleswig
Holstein, la Guayana inglesa y Nueva Gales
del Sur; en 1851 el reino de Cerdeña.
En España el sello se adoptó
en 1843, por orden del gobierno provisional,
pero esa disposición no llegó
a cumplirse hasta enero de 1850, en que
se emitieron los primeros sellos de correo
del país. Muchos otros estados siguieron
también el ejemplo inglés,
hasta que el empleo del sello llegó
a ser universal en la segunda mitad del
siglo XIX.
La expansión de los servicios postales,
facilitada por el empleo de los sellos,
hizo necesaria la estipulación de
acuerdos, primero bilaterales y después
plurilaterales, por medio de los cuales
los Estados se obligaron en régimen
de reciprocidad a entregar a
su destino la correspondencia dirigida a
cualquier lugar del propio territorio y
proveniente de lugares o localidades del
otro Estado firmante, siempre que estuviera
debidamente franqueada.
En 1863 se celebró en París
la primera Conferencia Postal Internacional,
Jela que nació años después
la Unión Postal Universal, que ha
estipulado las convenciones que rigen en
el ámbito internacional de las organizaciones
postales. Pues si bien existen en cada país
diferencias de organización y de
reglamentación, existe también
una gran semejanza en los reglamentos fundamentales
de este servicio.