EL
CINE Y LA TELEVISION
El
siglo XX ya se encamina hacia su fin. Es
fácil sacar las consecuencias de
los primeros cincuenta años, pero,
en cambio es bastante problemático
prever de qué modo acabará
y pasará a la historia.
El amanecer del 1 de enero de 1900 fue saludado
por todo el mundo con gran alborozo y con
una radiante esperanza: se esperaba un siglo
feliz y «progresivo» ; pero
lo cierto es que nos ha traído dos
guerras mundíales y la bomba atómica,
haciendo más inquieto y escéptico
el espíritu de los hombres. ¿Será
el siglo de las conquistas espaciales, tal
como el XVI fue el de los grandes descubrimientos,
o será el siglo de la guerra atómica,
destructora de la humanidad, de la misma
manera que el siglo v señaló
el fin del brillante imperio romano y el
comienzo de la Edad Media? Nadie es capaz
de decirlo. Desilusionados tantas veces
en nuestras esperanzas de paz, no nos sentimos
capaces de aventurar un pronóstico
demasiado optimista. No obstante, es necesario
reconocer que en cuanto a lo relacionado
con el progreso se han alcanzado metas mucho
más lejanas de lo que podía
preverse.
Examinemos
con detenimiento lo que de positivo nos
ha traído este último período
del siglo.
Después
del telégrafo y del teléfono,
el siglo XIX nos dejó en herencia
el cine. Nacido este nuevo arte en una provincia
francesa, en casa de unos pequeños
industriales - los hermanos Auguste y Louis
Lumiére - el cine parecía
entonces una curiosidad, una diversión
de feria más que un nuevo género
artístico. Hacia fines del siglo
XIX nadie podía sospechar que había
de extenderse y desarrollarse como luego
lo hizo, que se convertiría en una
gran
inversión de capitales, que llegaría
a ser un arma política y propagandística
de grandísimo valor y que en veinte
años se transformaría en una
de las mayores industrias del mundo.
Sin
embargo, ya en el año 1895, Georges
Méliés logró ganar
una gran fortuna en el transcurso de pocos
meses con sus primitivas películas.
Su sociedad, constituida con el nombre de
«Star Film», tiene en la actualidad
sedes y sucursales en las ciudades más
importantes del mundo, y en la central de
Montreufi, en las inmediaciones de París,
produce y distribuye un elevadísimo
número de películas.
El
interés casi fanático que
el cine despertó en el público
dio origen a una industria colateral, la
de distribución, la cual, hoy día,
concentra en sus manos la mayoría
de las películas para alquilarlas
a las cadenas de salas de cine. junto a
las empresas para la producción de
películas, nacieron las industrias
que fabricaron las máquinas tomavistas
y de proyección y todo el material
eléctrico y de laboratorio; se crearon
asimismo los establecimientos para
el revelado, la impresión y el montaje.
Surgen cada día nuevas categorías
de operadores, que alcanzan muy pronto gran
popularidad, Nacen las grandes estrellas,
los grandes actores, los grandes directores.
El cine ha desplazado a otros muchos gé¬neros
de espectáculo y se ha convertido
en el más popular y el más
productivo.
Sin
embargo, esta misma popularidad, a veces
excesiva, hace que la vida del cine sea
inestable y caduca. Muchas productoras cinematográficas,
lo mismo que los actores, directores, etc.,
en ocasiones pasan de la cúspide
de la fama a un rápido ocaso y olvido.
Se ganan y se pierden colosales fortunas,
y, a veces, el cine es más un juego
de azar que una industria.
Los
primeros grandes productores franceses (y
con ellos los artistas y técnicos)
desaparecieron frente a los «colosos
italianos», que llegaron a conquistar
los mercados del mundo. Pero después
llegó el turno de los americanos.
Hollywood se convirtió en la capital
del cine, controlando casi todos los circuitos
rnundiales: parecía inatacable.
Sostenido
por una potencia económica colosal,
el cine americano aplastó, literalmente,
los modestos centros nacionales europeos.
Pero también Hollywood pasó.
En la actualidad ya no es más que
una sombra, casi un museo de recuerdos de
la espléndida capital cinematográfica
que fue en otro tiempo. Y es que de pronto,
el cine europeo «de las ideas»
venció al cine americano «del
dinero». El momento de las grandes
fortunas improvisadas, del fanatismo popular
por las más célebres figuras,
parece haber acabado para siempre. Es cierto
que los grandes directores y ciertos artistas
atraen todavía, se hacen admirar,
pero no cautivan como antes, no constituyen
el único reclamo de una producción
como lo eran hace poco. Cada vez resulta
más difícil realizar en torno
a ellos las grandes y clamorosas campañas
publicitarias que, en el pasado, les hicieron
célebres en muy pocos meses.
El cine, en definitiva, ha tomado otras
dimensiones; vuelve a entrar en el núcleo
de los otros grandes géneros de espectáculo
que en el transcurso de algunos decenios
había superado y casi destruido:
el teatro, la ópera, la comedia musical.
¿Cuáles
son las razones? ¿El cansancio del
público, la aparición de nuevos
géneros o las crisis interiores del
cine, como la falta de ideas y de fórmulas
nuevas? No es fácil responder. Pero
lo cierto es que cada uno de estos motivos
contiene, en sí, algo de verdad.
Y a estos se deben añadir otros muchos,
contribuyendo todos juntos a apagar, poco
a poco, el gran fuego del entusiasmo que
se había creado en torno al cine
como espectáculo.
Quizá entre las causas de la crisis
del género cinematográfico
figure el nuevo y extraordinarlo medio de
comunicación que es la televisión.
Hiía de nadie y de muchos (ninguno
de los numerosos científicos que
se dedicaron a ella puede llamarse en realidad
su inventor) la televisión nació,
calladamente, entre los años veinte
y treinta en estudios experimentales. Pero
para el gran público apareció
tan sólo después de la segunda
Guerra Mundial.
La televisión era un medio que había
excitado la fantasía de generaciones
enteras, a las cuales les parecía
entonces tan lejano e irrealizable como
un viaje a la Luna, algo así como
un tema de ciencia ficción, bueno
para una novela de trama absurda, para leer
en las tardes de invierno junto al brasero.
No obstante, cuando la televisión
apareció al fin en comercios de electrodomésticos,
junto a lavadoras y frigoríficos,
nadie se maravilló. Se hablaba de
ella desde hacía tantos años,
que, últimamente, su aparición
se daba por descontado. Al principio ofrecía
espectáculos modestos, documentales
o viejas películas, siguiendo durante
algunos años esa sencilla trayectoria.
Pero a partir de 1950 adquirió un
auge enorme. Se extendió vertiginosamente
por todo el mundo; y hoy se la encuentra
en todas partes, entre las clases más
elevadas y en las más humildes. En
todas las ciudades, sobre las casas, aparecen,
en asombrosa profusión, las inconfundibles
antenas. Las entidades radiofónicas
dedicaron a la televisión más
tiempo, personal y capital. El televisor
ha ocupado,
solemnemente, el ángulo más
importante de la casa y ante él millones
de personas pasan sus veladas. Es una ventana
abierta al mundo, por la cual nos asomamos
siempre con mayor frecuencia. Un mundo que
aumenta - o se empequeñece - siempre
más. Conocemos así los más
diversos paisajes, los personajes más
importantes de la actualidad; es como si
las paredes de nuestra casa no existieran
ya. Los grandes políticos y la gente
más dispar se asoman a nuestros hogares,
nos hablan, nos sonríen, nos exponen
los grandes problemas que interesan a la
humanidad; parece que nos piden consejo,
o, por lo menos, comprensión. Nos
sentimos cada vez más unidos a todo
lo que ocurre en el mundo. La guerra en
un país asiático o un golpe
de estado en Africa ya no son hechos remotos,
sino cercanos, pavorosos e inquietantes,
y que parece que suceden en el mismo umbral
de nuestra propia casa.