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HISTORIA DE LAS COMUNICACIONES



El ALFABETO

Nuestro alfabeto fonético, o sea, el compuesto por signos que corresponden a otros tantos sonidos, nació probablemente entre el tercero y el segundo milenio a. de J.C., en Siria, donde las excavaciones efectuadas en los últimos treinta años en Ugarit, Ras Shamra y Biblos han descubierto una escritura cuneiforme en cuanto a la forma, pero completamente diferente, en sustancia, de la analítica sumeria. Entre el alfabeto de Ugarit, el de Biblos y el nuestro hay un espacio de muchos siglos y la descendencia no puede ser, por lo tanto, directa. Aquellos antiguos alfabetos han influido, no obstante, en muchos pueblos semíticos del Mediterráneo oriental, como los hebreos y los fenicios. También otras escrituras, como la egipcia, influyeron en el fenicio. La prueba está en que los 100 signos (o sea, sonidos) del alfabeto de Biblos se reducen a 22 en el fenicio. Ya se sabe que los fenicios fueron magníficos mercaderes y navegantes: pasaban la mayor parte de su existencia comerciando con los pueblos mediterráneos. Fundaron colonias mercantiles en África, Francia Italia y España; reclutaban agentes y procuradores y abrían sucursales y depósitos en los lugares que ofrecían más posibilidades. Una densa trama de competencia y clientela los relacionaba con griegos, egipcios, etruscos, hebreos e incluso asiriobabilonios. Los fenicios, pues, fueron un pueblo ecléctico: daban y recibían. El sistema fonético acabó por ser adoptado por los griegos, que añadieron las vocales a las consonantes, y hacia el siglo iv a. de J.C., unificadas las diversas escrituras en la jónica, el alfabeto griego se presenta ya con sus veinticuatro signos. Este alfabeto griego es de enorme importancia, porque, como dejó escrito un célebre poeta romano: «La Grecia conquistada conquistó, a su vez, al rudo vencedor y llevó la cultura al inculto Lacio.»

El alfabeto. romano es el antecesor del nuestro, el más extendido del mundo. Sin embargo, no sólo no es universalmente aceptado, sino que ni siquiera goza de la mayoría absoluta. Novecientos millones de personas escriben con caracteres romanos; pero quizá 800 millones usan la escritura china, 400 millones la india, 200 ó 300 millones la árabe y 300 millones los caracteres griegos y cirílicos, eso sin contar las numerosas escrituras menores (hebreo, amhárico, etc.).

El alfabeto latino se impuso rápidamente en Europa, alcanzando primero las fronteras del Imperio y propagándose después con mucha facilidad entre los pueblos de Europa, desprovistos o poco menos de escritura.
El cristianismo fue, ciertamente, una gran ayuda para la difusión del alfabeto latino, imponiéndolo en Europa, y dándolo a conocer en parte de África y en Asia. Asimismo lo propagó en el continente americano a través de la obra de los misioneros, obra que siguió paso a paso - cuando no la precedió -a la conquista y colonización blanca.

Caso típico, y extraordinario en cierto sentido, es el del alfabeto cirílico, difundido en los países eslavos por los Santos Cirilo y Metodio, en su obra de proselitismo en aquellos pueblos y adoptado todavía hoy desde el Adriático a Siberia. Pero la influencia de aquella antigua obra misionera no se revela tan sólo en los caracteres griegos de la escritura, sino también en otros muchos aspectos de la vida de aquellos pueblos, los cuales, hasta hace poco, utilizaban el calendario Juliano, anterior a la reforma del papa Gregorio.
Ahora bien, los caracteres griegos y latinos encontraron una barrera infranqueable en el Extremo Oriente. Lejos de los centros propulsores e irra
diadores de la civilización occidental, nuestra escritura cedió el paso y se eclipsó ante la escritura china, símbolo de una civilización igualmente grande, más antigua y, sobre todo, profundamente diferente.

En el capítulo anterior hemos hecho mención de un importante cambio en la forma de la escritura china ocurrida en el siglo ni a. de J.C. Pero, en comparación, los cambios en la escritura romana son igualmente profundos y más numerosos. Se puede decir que el aspecto externo de la escritura europea cambia con el paso de los siglos, aunque permanecen los mismos caracteres. No se trata de cambios análogos a los hallados en el lenguaje, pero no hay duda de que entre los caracteres de la Roma republicana, los carolingios y los del imperio de Carlos V existen profundas diferencias.

La Roma imperial tenía dos tipos de caracteres: uno, oficial, con letras capitales, macizas y cuadradas, y uno cursivo, que era el habitual. En el siglo II
ambas escrituras experimentaron hondas transformaciones y se adoptó, aparte de la capital, la llamada escritura «uncial». En la Edad Media los amanuenses dieron vida a un nuevo tipo de grafía que se llamó «precarolingio». Pero el nacimiento del Sacro Imperio Romano Germánico y el nuevo hábito cultural que trajo consigo enriquecieron la grafía, que se convirtió entonces en «carolingia». Después, en los siglos XII y XIII, el centro imperial se encuentra en Alemania y la corte adopta una grafía sacada de elementos locales: nace así el «gótico», que en poco tiempo alcanzó universal y rápida difusión. Hay que llegar al Renacimiento para encontrar un nuevo planteamiento en la grafía. A la sazón vuelve a estar en auge el «carolingio», pero simplificado, renovado, en otras palabras, «modernizado»; hasta tal punto que se le conoce más bien por «humanístico» que por el antiguo término. Desde entonces se puede decir que cada siglo busca su propia grafía. Reminiscencias góticas, precarolingias, carolingias y humanísticas se injertan sobre «invenciones» locales, dando vida a grafías horizontales, flotantes, verticales, redondas, bastardas, y así hasta la grafía de nuestros tiempos: esquemática, modesta, al alcance de todos.

De la misma manera que ha nacido la idea de unificar todos los idiomas del mundo, no podía dejar de surgir la propuesta de unificar también las escrituras. Tentativas en este sentido no han faltado, por obra de investigadores anglosajones, pero hasta ahora no se puede decir que hayan tenido éxito. Al contrario, ha sido inferior al logrado por las varias soluciones propuestas para la lengua universal.

Desde tiempos muy lejanos el hombre ha sentido la necesidad de hacer más veloz la escritura. Esto es, el hombre se dio cuenta de que la palabra es mucho más rápida que la escritura y vio que le era poco menos que imposible transcribir con métodos manuales cualquier discurso hablado. Los inconvenientes que se derivan de tal estado de cosas son demasiado obvios para que haya necesidad de recordarlos. Así debieron de surgir muy pronto las «taquigrafías», puesto que ya jenofonte las conocía. Los romanos cierta. mente las conocieron y utilizaron: Cicerón es el ejemplo más conocido. Pero fue ya en el siglo XVII cuando aparecen los primeros tratados de grafías abreviadas. Sin embargo, sólo en el siglo XIX se estudió sistemáticamente la estenografía y se adoptó de una manera general. El mundo se iba haciendo más pequeño; la política y la literatura se difundían rápidamente entre las masas. Todo el ritmo de la vida se aceleraba de modo asombroso. Por tanto
era absolutamente necesario conseguir también acelerar la grafía hasta anular - si es posible - la diferencia de velocidad entre la palabra hablada y la palabra escrita; se debía llegar a escribir a la velocidad de la palabra.

Los métodos estenográficos son numerosísimos: se basan en conceptos de extrema simplificación, limitan los signos, reducen a lo esencial las reglas de gramática y dejan cierto margen a la intuición. Entre los sistemas de escritura estenográfica más conocidos recordamos los de Gabelsberg (1835), Pitman (hacia 1840), her¬manos Duployé (1860), y, para el español, Martí (1803) y Garriga (1864).

De diferente orientación, pero de interés no menos relevante, es la criptografía, la escritura «escondida» o «cerrada» para los no iniciados; o sea, un medio de comunicación para informaciones que se quieren mantener secretas. Como tal, se utiliza en tiempo de guerra. La criptografía tiene infinitas soluciones. No obstante, cada criptograma se puede descifrar siempre que no esté basado en un código particular. Criptogramas con código los utilizan los servicios diplomáticos para comunicar informes a sus gobiernos sobre materias delicadas; también para enviar ordenes a las unidades de los ejércitos en guerra, etc. El código hace improbable descifrar los textos, por eso si tal cosa se consigue es un gran éxito. Precisamente por haber conseguido poseer códigos militares enemigos en el curso de las dos Guerras Mundiales los aliados se vieron notablemente ayudados en sus operaciones bélicas.

Una forma de escritura totalmente particular la constituyen los números. Se sabe que tanto griegos como romanos usaban algunas letras: I indicaba 1; II indicaba 2; III significaba 3; por algún tiempo 4 se escribía con igual número de palos verticales, pero después se prefirió añadir a la izquierda del numeral V un I. Con un número apropiado de palos verticales, colocados a la derecha del signo V, se indicó 6, 7, 8, mientras para el 9 se utilizó el numeral X precedido de un I; si el I seguía al signo X, significaba 11, etc.; XV era 15; XX, 20; XXX, 30. L indicaba 50; C, 100; M, 1.000.

Los números que se utilizan hoy se suelen denominar árabes, porque fue con este pueblo con el que, en el siglo X, entraron en Europa, donde pronto fueron generalmente adoptados.